Me ha parecido deplorable que las autoridades hayan permitido en la villa guipuzcoana de Mondragón un homenaje popular en honor de un matarife de docenas de personas, el terrorista Parot. Sin duda, ha sido un espectáculo repugnante para miles de compatriotas, no en vano en dicha localidad un funcionario burgalés permaneció enterrado vivo durante más de quinientos días por los camaradas de quienes han organizado el acto reivindicativo.

Con todo, Henry Parot no es un representante típico de la villa de Mondragón, cuyos lazos con esta localidad vasca resultan además endebles, habida cuenta que sólo su esposa es natural de allí, con quien estaba casado en 1990, residiendo en Bayona junto con sus hijos.

Parot, efectivamente, fue un criminal terrorífico, autor de más de 39 asesinatos comprobados, pero que a mi modesto parecer no es la causa principal de tanta desgracia; y un servidor conoció perfectamente sus estragos “revolucionarios”, tras contemplar los daños generados en el atentado contra el general Valenzuela en mayo de 1981: curiosamente, cursaba primero de carrera en un centro universitario madrileño cerca de donde ocurrió el terrible atentado que costó la vida a un teniente coronel y a dos jóvenes componentes de la Guardia Real.

Me encontré allí entre el gentío del barrio de Salamanca, protestando con mis compañeros de clase por tamaña indignidad, donde oí gritar consignas espontáneas como las que siguen: “Pena de muerte”, “Ejército al poder” o “Falange armada, la Patria liberada”. Meses después, cuando regresaba de Galicia en tren, me topé en mi compartimento con un pariente de uno de los guardias asesinados en dicho atentado, un soldado real de un pueblecito de Orense.

Me dio una pena inmensa, al constatar que una familia humilde gallega había quedado destrozada por unos extremistas vascongados. Me equivocaba, Henry Parot ni siquiera había nacido en el País Vasco; ni su lengua materna había sido el vascuence sino la francesa. Sorprendentemente, nació en la Argelia francesa en 1958 y dejó el país argelino con el triunfo de la independencia en 1962.

Es, por tanto, un pied-noire, que ha traicionado incluso el legado político de los de su estirpe, al enrolarse en el grupo terrorista vascongado que ha tenido como referencia esencial la revolución y la autodeterminación argelinas; todo lo contrario por lo que lucharon y murieron cientos de pies negros; no pocos asesinados por los independentistas argelinos.

Curiosa paradoja, la de este personaje siniestro: quien, en vez de haber sido un activista anticomunista, como fueron los siniestros pies negros de la OAS, se convirtió en un sicario de una banda armada marxista-leninista que incluso empleaba un idioma que no dominaba. En fin, una extravagancia  propia de un fanático, quien compartió militancia hasta con uno de sus hermanos, un exaltado que fue condenado por los tribunales franceses a varios años de cárcel.

Es decir, Parot más que un reivindicador sanguinario de la izquierda aberzale ha sido una especie de mercenario de la banda armada vascongada, la cual le suministraba periódicas cantidades económicas, como bien confesó ante las instancias policiales.

Con todo, no es esto lo más grave del aquelarre separatista que nos ocupa, sino la conducta tan indigna adoptada por parte del pueblo de Mondragón, al secundar un acto solidario en pro de personaje tan detestable: un forastero condenado a miles años de cárcel.

Les guste o no, lo que han permitido en su término municipal constituye una bellaquería colosal, una especie de performance satánico-dramática y un esperpento tan alocado como kafkiano; en cualquier caso, impropio de un pueblo civilizado.

En consecuencia, habrá que buscar la razón de tanta ignominia; la variable interpretativa por la que hemos llegado a esta aberración social y lo digo porque creo que apenas se ha avanzado desde aquella triste mañana madrileña de mayo de 1981, cuando llegué a ver restos de la masa encefálica de los asesinados estampados en el escaparate de una cafetería.

Y la villa de Mondragón, como tal, no sería la mayor responsable, cuando tradicionalmente ha tratado de resolver sus problemas por la vía judicial, como testimonian los pleitos que se conservan en los archivos de la Chancillería de Valladolid. No, en absoluto, el mal procede de la irrupción del nacionalismo separatista vascongado a finales del siglo XIX y su amancebamiento posterior con el socialismo autóctono. Y tal concubinato político se produce a partir de los años treinta del siglo pasado.

De hecho, en octubre de 1934, los socialistas asesinan al diputado tradicionalista Oreja Elósegui y al derechista Dagoberto Rezusta, diputado provincial, empleando en el crimen hasta balas expansivas contra dichos infelices. Dos años más tarde, los comandos rojo-separatistas masacran a dos jóvenes humildes carlistas, Lino Mandaraz Elusondo y Lucio de la Cruz Basaldua; quienes fueron raptados de la cárcel local y muertos en el alto de Campanzar el 26 de septiembre, siendo imposible el recuperar sus cadáveres.

Mientras tanto, los rojo-separatistas de la comarca habían conducido ya a catorce vecinos de la mencionada villa hasta las inmediaciones del santuario de Arrate, con intención de matarlos en dicho lugar, siendo apaleados bárbaramente. Además, los separatistas quemarían en 1937 el caserío de Herrarte Aguirre, por unirse este vecino y su hijo al Ejército liberador.

No obstante, la pacificación del municipio tras la derrota del pastiche rojo-separatista implicaría la paralización de la violencia marxista durante casi cuatro décadas. De hecho, habría que esperar hasta diciembre de 1974 para encontrar más víctimas del nacionalismo vascongado en Mondragón, precisamente cuando ETA decidió ametrallar a dos agentes de la Guardia Civil. Paradójicamente, el terrorismo nativo comenzó a matar cuando la lengua vasca había comenzado a desenvolverse con fluidez por escuelas, universidades e instituciones, cosa que no había sucedido hasta entonces pues estaba en una situación de franca retracción lingüística.

Pues bien, la razón de esta sinrazón y enormidad la encuentro en el proceso de euscaldunización acelerada de la población del País Vasco; es decir, en la confección de un relato histórico tan falso como inexacto, así como en el establecimiento de una política lingüística sectaria y artificial, generando con ello unos potenciales  humanoides sometidos a una drogadicción política continuada: apenas conocen su verdadero origen y mucho menos manejan correctamente el vascuence, pues siendo un porcentaje de ellos descendientes de emigrantes usan mal el habla vascongada.

Y es que para hablar con fluidez una lengua complicada como la vasca – conservada en caseríos y barcos de pesca- es preciso convivir con gente laboriosa, y no acudir como tontilocos a las ikastolas de ocasión donde lamentablemente algunos han aprendido antes a fabricar un coctel molotov que a escribir cartas de amor en euskera.

Pues bien, tal pretensión nacionalista se ha convertido desafortunadamente en el libro de ruta de las instituciones vascongadas durante las últimas décadas, lo cual ha venido a nublar -si no trastornar- el juicio cabal de no pocos escolares y adolescentes de Vasconia, convirtiéndolos mutatis mutandis en meros autómatas del soberanismo racial dominante.

Por tanto ¿qué decir sobre los mozalbetes euskaldunizados que gritaban el pasado sábado contra el ‘fascismo’ en Mondragón? Pues que tiene el mismo valor como si un servidor saliera a la calle, completamente embozado en una capa, clamando contra la guardia pretoriana de Tigelino o las huestes de Atila.

Con todo, lo que parece lamentable es que la prensa nacional tampoco sepa distinguir épocas ni políticas programáticas, ya que el fascismo como tal desapareció en 1945… pero, en cualquier caso, qué puede esperarse de unos vulgares macarrillas que ni siquiera saben que el negro que visten era el uniforme de las escuadras fascistas de los años veinte…

Ni siquiera sería necesario remontarnos tan atrás ni apelar a los aguerridos requetés de antaño ni tampoco a los miembros de la primera línea de la Falange, bastaría simplemente con que nos fijásemos en aquella sección C de Fuerza Joven que paseó por San Sebastián cuando los padres y ascendientes de estos revoltosos de hachís y litronas disparaban contra ellos en el 78.

Y es que no pude defenderse una patria consultando el smartphone y, mucho menos, con pendientes en las orejas, por muchas chupas oscuras con que se disfracen estos activistas de taberna.

Es menester poseer una doctrina correosa, una historia contrastada y una mínima honorabilidad y eso, el aberzalismo contemporáneo -sea de traje o de pantalones raídos- jamás podrá ostentarlo porque está erigido sobre la falacia, la cobardía y la sangre ajena.

Por eso el lehendakari-tiranoa de Urkullu pretende ilegalizar todo lo que le suene a franquismo, no sea que le caiga el tinglado.

José Piñeiro ( El Correo de España )