“El obispo de Bilbao ha suspendido de sus funciones sacerdotales a Mikel Azpeitia, párroco de Lemona”. El titular no daba para hacer consideraciones, pero tras leer el motivo de la suspensión todo cambio de repente.

    Tanto, que al principio consideré que don Mario Iceta, pese a ser vasco, era un obispo con un exacto sentido de la valentía evangélica, y que tras la elaboración de un estudio concienzudo comenzaba a saldar cuentas con toda esa ralea de curas que han colaborado con ETA -a los que hemos alimentado con la X y seguro que también les hemos pagado las fulanas con las que han retozado-.

Pero pronto descarte esta apreciación, porque con el tiempo que lleva monseñor Iceta como obispo de Bilbao había tenido tiempo suficiente para proceder de esta forma mucho antes, y además la lista de suspendidos sería tan larga que Bilbao se quedaría sin curas. Es decir, que no sólo hubiera suspendido al sinvergüenza de Miguel Azpeitia.

    Entonces me dio por considerar que don Mario Iceta había actuado de   forma y manera imprudente, que se había metido en un charco poniéndose en contra a toda una ristra de indeseables, curas y fieles, que es lo que finalmente ha pasado.

Indeseables que le han dicho a  don Mario, que Miguel Azpeitia, ellos y otros muchos justificaron y justificarán a ETA. Y es que todo lo que tiene que ver con ETA es mejor olvidarlo, que es lo que ha hecho mayoritariamente la sociedad española

Olvidarlo, porque es poner en evidencia la cobardía de unos y la complicidad de otros. De ahí los dos relatos que se sustentan, y que seguirán sustentándose siempre porque en la presente época, y mucho más en España, la razón ha perdido su funcionalidad comunicativa para convertirse en un instrumento de la manipulación expresiva y de la tergiversación ideológica. En definitiva, hacer tabla rasa para poder cumplir el dicho: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Que es lo que ha pasado.

    Así pues, descartando las dos primeras consideraciones por no tener base suficiente de razón, he llegado a la tercera, y por mi parte definitiva. A saber, que después de la novela, la película y el documental, y ya sin peligro de ser asesinado, al menos de momento, monseñor Iceta también ha querido salir al escenario para que no se diga que la Iglesia de Vascongadas no está en su sitio. Pero, ¿en qué sitio?

    Pues en el de siempre, y que de sobra sabemos, porque la Iglesia en Vascongadas siempre ha sido más nacionalista que católica.

Tanto ha sido así, que al inclinarse el nacionalismo vasco hacia la izquierda marxista en los años sesenta y setenta, la Iglesia vasca en modo alguno se mostró renuente a proporcionarle reconocimiento de legitimidad, y mucho menos se ha esforzado en desalentar el terrorismo de ETA contra el nuevo régimen  español tras el fallecimiento de Franco.

Ahí tenemos a la hiena rabiosa de Setién, al que se tuvo que haber dado garrote. O a José María Uriarte, el hombre “bueno” en todas las negociaciones que los diferentes gobiernos de la Corona mantuvieron con ETA, tratando de sacar ventajas para los chicos de la banda, vascos e independientes como él.

Por eso nos podemos dar con un canto en los dientes si los pocos terroristas que aún quedan en la cárcel cumplen parte de sus condenas.

Ahora bien, ni monseñor Iceta ni nadie puede ya lavar a la Iglesia de Vascongadas, cuyo comportamiento ha sido absolutamente indecente y está certificado.

Pues no sólo legítimo, promocionó y apoyó a ETA, y ofreció muy a menudo espectaculares funerales religiosos a los terroristas marxistas, que pudo haber evita según el Derecho Canónico, sino que no ha suspendido a los numerosos curas que han sido activos militantes de Herri Batasuna, tomando claramente partido por el terror de ETA.

Lo que da idea de que cierta porción del clero vasco, esto también ocurre con el catalán,  cree poco en su papel directamente espiritual. Papel o función que se dirige a que toda la humanidad se convierta en Eucaristía, acción de gracias y alabanza, culto a Dios y caridad hacia el prójimo.

Por eso ser obispo en Vascongadas es una profesión de riesgo, y si no que se lo digan “al tal Blázquez”, que permaneció callado y sin levantar los ojos del suelo todo el tiempo que estuvo presidiendo la Iglesia en Bilbao.

Claro que lo suyo, según se han encargado de decir sus compañeros, era lo propia de una personalidad mística con sentido ascético, aunque algunos la sigamos calificándola de cobardona, arrugada y propia de un señor de carácter afeminado.

En el tema de ETA hay dos posturas. Cubrir, en la medida que cada uno pueda, el hecho con una buena capa de amnesia. O poner dinamita en los cuatro costados de España y hacerla volar, aunque también saltemos por los aires algunos miles de inocentes.

Pablo Gasco de la Rocha ( El Correo de España )