MOTÍN A BORDO

En el Parlament, corrillos de diputados convergentes que decían ya en voz alta que no pensaban votar y que se sublevarían: entre ellos, Forné, Amat, Pascal, Batet, Candini, Roigé, Senserrich y Bonvehí. Más de los que se necesitan para romper la supuesta mayoría independentista. Puigdemont afrontaba otra noche agónica: sin tener garantizado el apoyo de su propio partido para declarar la independencia y sin contar con capote alguno del Gobierno que le facilitara una salida no humillante.

El independentismo se acostó ayer desconcertado, dubitativo pero todavía vivo. La Cataluña moderada lamentaba amargamente una magnífica ocasión desaprovechada pero no tiraba la toalla.

La convocatoria de unas elecciones autonómicas era una rendición de Puigdemont y una bomba que enfrentaba y destruía al independentismo y significaba el fin de este proceso que tanto daño ha hecho a la economía y a la convivencia en Cataluña y en España. La sensación es que tal como el independentismo nunca ha medido bien sus fuerzas en sus enfrentamientos con el Estado, el Estado podría estar ahora calculando con un exceso de confianza su capacidad operativa en Cataluña para aplicar con éxito el artículo 155.

Salvador Sostres ( ABC )