MOTIVOS PARA LLORAR

Las lágrimas son el autoconsuelo con el que nos defendemos de los excesos de la tristeza y de las alegrías exageradas. Es comprensible y humano que la inesperada llegada a una meta lejana, el logro de un éxito largamente acariciado, sacuda de emociones a cualquier ser humano.

Los 23 kilómetros que separan Vallecas de Galapagar, son apenas un milímetro si los comparamos con la distancia casi sideral que existe entre la acampada en la Puerta del Sol y la vicepresidencia del Gobierno. Se trata de una hazaña infrecuente y en la que hasta sus protagonistas tuvieron que recurrir a la repetición del empeño como si fuera una consigna, «sí, se puede», y hay que reconocer que han podido.

Además de ese cumplido objetivo, otras satisfacciones colaterales, como el premio que supone para una pareja joven y con tres hijos acceder a cuatro nóminas, suma de los dos sueldos de diputados, el sueldo de vicepresidente y el sueldo de ministra.

De repente, de luchadores infatigables en busca del aumento de los impuestos a los más ricos, a víctimas de ese aumento de impuestos, porque en las filas del partido que lideran se considera que quienes ingresan más de 130.000 euros al año son peligrosos ricos a los que hay que vigilar y sujetar en su avaricia.

Esto que acaban de leer es repugnantemente demagógico, por supuesto, pero es que el triunfo lo han logrado a golpe de demagogia, y por el procedimiento de intentar dividir a la sociedad entre los demagogos, como ellos, que se pasan el día diciendo que están tristes y preocupados porque hay gente que no llega a fin de mes, y el resto de despreocupados y frívolos españoles a los que no nos importa nada la desgracia ajena, y no movemos un dedo por el prójimo.

El problema de la demagogia es que vuelve, como la pelota del frontón, como los salivazos que se lanzan al cielo que se pretende asaltar. Y al cielo nunca se llega. El momento de la imagen recoge la explosión de la inmensa alegría, cuando la posibilidad de ser, no el vicepresidente, sino El Vicepresidente al cien por cien, acababa de cristalizarse.

El inenarrable y justificado alborozo fue disminuyendo, horas más tarde, cuando se supo que El Vicepresidente iría acompañada de otra vicepresidente, con lo que el cien por cien se reducía al cincuenta por ciento. Al día siguiente, las vicepresidencias ya eran tres, con lo que el reparto quedaba al 33%. Y ya, en los últimos días de la semana, sucedió como en la novela de Dumas, donde los tres mosqueteros, como todo el mundo sabe, fueron cuatro, con lo que el Vicepresidente Cien por Cien, quedó reducido al Vicepresidente 25%.

No sé si fue motivo para llorar de nuevo, no creo. Pedro Sánchez tiene la misma habilidad para mentir que para administrar las incomodidades en dosis casi homeopáticas.

El problema, ahora, es que aguardamos los cien días de tregua con bastante intranquilidad, por si algunas de las acciones apuntadas se llevan a infeliz término y causan los destrozos que algunos economistas anuncian. Y sería terrible que, entonces, a través de una etiología opuesta, muchos españoles también tuviéramos motivos para llorar.

Luis del Val ( ABC )