Ni Casado ni Abascal. El vencedor indiscutible de la moción de censura es sin duda Pedro Sánchez, que vio salir del hemiciclo el cadáver de la alternativa sin necesidad de remangarse.

Como si hubiera pactado con el diablo entregándole el futuro de los españoles a cambio de perpetuarse en el poder, al presidente del Gobierno le dieron el trabajo hecho. Primero el líder de Vox, con una iniciativa inoportuna, mal defendida y percibida como hostil hacia el único partido con el que, hasta ese momento, habría podido entenderse.

Acto seguido, el del PP, con la reacción desproporcionada de quien escoge al enemigo erróneo para hacer un alarde de fuerza extemporáneo. Si mal había estado Abascal, cuyo discurso justificaba por sí mismo el «no», peor fue lo de Casado, que optó por el linchamiento de quien había sido su amigo y metió en el mismo saco destinado al basurero a millones de votantes dados así por perdidos.

Habría podido abstenerse, reservando sus dentelladas más crueles para el Frankenstein que se apoya sin vergüenza alguna en independentistas, golpistas y herederos de ETA, pero su objetivo no era desgastar a este Ejecutivo letal para los intereses de España, sino sumarse públicamente al cordón sanitario establecido contra Vox y así ser aceptado en el club de los verdaderos demócratas junto a miembros tan insignes como Podemos, ERC o Bildu. Recibir la absolución de esos guardianes del dogma que bendicen a Otegui por ser un «hombre de paz» mientras jalean al Casado que acusa a su excompañero de «pisotear la memoria de las víctimas». ¿Hacía falta caer tan bajo?

Tal vez se trate un error de cálculo o tal vez no. Tal vez el líder del PP aspire al papel de segundón en un pacto encabezado por Sánchez, a quien todas las encuestas, incluidas las de los últimos días, sitúan el primero en la carrera, con ventaja creciente.

Hasta la fecha, por la vía de una oposición mediocre, no ha logrado romper la barrera de los ciento diez escaños ni mermar un ápice la fuerza de una derecha de la derecha que no es fruto de las intrigas de Abascal, sino del mal uso que Rajoy hizo de la mayoría absoluta.

Dado el desgaste de la marca que traerán consigo los casos Gürtel y Kitchen, donde el testimonio de Bárcenas promete tardes de gloria (atentos a la excarcelación prematura de su mujer), ofrecerse a Sánchez como sustituto de Iglesias y asegurarse juntos el control de los jueces puede resultar tentador.

De momento, no obstante, la misma Adriana Lastra que el jueves se deshacía en elogios ya le exige ir más allá y demostrar su pureza de sangre rompiendo relaciones con Vox en ayuntamientos y comunidades. O sea, renegar de esos votos que manchan y entregar Madrid, Andalucía y Murcia como prendas de arrepentimiento y tributos de sumisión.

Pensándolo fríamente, una petición fundada en la más elemental coherencia.

Isabel San Sebastián ( ABC )