NAUFRAGIO EN LAS CORTES

Raro consenso en un país de discrepancias: el debate sobre la prisión permanente revisable no debería haberse celebrado. Hasta José Luis Ábalos, el número tres del PSOE, dijo el jueves por la tarde, mientras trataba de tapar las vías de agua que había abierto en el casco de su partido la penosa intervención del diputado Campo Moreno, que España estaba de luto por la muerte de Gabriel Cruz y que lo lógico hubiera sido respetarlo. Yo, respetuosamente, discrepo. Primero porque en política siempre conviene poner bajo sospecha la solución más fácil, y segundo porque el dolor también necesita respuestas cuando lacera de un modo tan penetrante a un país entero. No elegimos a nuestros representantes para que huyan de los debates sociales porque sean incómodos, sino para que sepan encararlos por mucho que lo sean.

Que se mojen: ¿tiene fundamento o no la demanda mayoritaria de castigar con el máximo rigor posible a los asesinos de niños? ¿Disuadiría eso a los malvados? ¿Es la medida más eficaz para proteger a los inocentes indefensos? ¿Por qué está mal, si es que lo está, pensar más en el castigo al delincuente que en su posible rehabilitación? ¿Qué sentido tiene que sea legal el cumplimiento íntegro de una pena de cuarenta años de cárcel para el miembro de una banda terrorista y pueda no serlo para un psicópata solitario? ¿Ha sobrevivido alguien a más de treinta años de cautiverio en la historia penitenciaria española? Las respuestas a esas preguntas no dependen del estado emocional de las personas que las formulan, sino del grado de lucidez de quienes deben responderlas.

«El pleno no debió posponerse por razones de labilidad emocional de los espectadores, sino por el estado de enajenación mental de los oradores»

No es el grado de conmoción de la opinión pública lo que marca la oportunidad de un debate que ya existía antes del vil asesinato de Gabriel y que seguirá existiendo cuando abandone las portadas de los periódicos. Lo marca (quiero decir que debería marcarlo) la capacidad de raciocinio de los que tienen la obligación de iluminarlo con consideraciones elocuentes. Si algo no tuvo el debate del jueves fue precisamente eso. Ni los parlamentarios supieron imponer el imperio de la razón al motín de los sentimientos ni hubo propuestas consoladoras que aliviaran el dolor de los afligidos. No lo digo yo, lo dijeron los representantes de las víctimas que siguieron la sesión desde la tribuna de invitados. El veredicto fue unánime: espectáculo bochornoso. El pleno no debió posponerse por razones de labilidad emocional de los espectadores, sino por el estado de enajenación mental de los oradores.

La explicación más extendida a este fenómeno de turbulencia discursiva es que tenemos la clase política más cutre de los últimos cuarenta años. Yo creo que la afirmación de fondo es cierta, pero niego que en este caso sirva para justificar el fiasco parlamentario del otro día. Campo Moreno estuvo fatal, sí, pero no se puede decir de él que sea un párvulo en materia jurídica. Es doctor en Derecho y fue vocal del CGPJ. Margarita Robles, más de lo mismo: es un juez (o jueza, si ella prefiere) de reconocido prestigio y currículum envidiable. Sin embargo estuvo calamitosa. Trató de sacar a su colega de bancada del charco en el que se había metido él solito con modales vocingleros de gallito de pelea y acabó por rebozarse ella misma en el barro de un cuerpo a cuerpo con Rafael Hernando -cualquier cosa menos sutil en el manejo de la palabra- más propio de una batalla de soflamas que de una justa argumental en el Parlamento.

Hasta Juan Carlos Girauta dejó entrever la mala conciencia de su grupo por haber desbloqueado un debate con el único objetivo de colocar al PSOE al borde de un ataque de nervios. Los de Rivera también salen tocados del ala. Pincho de tortilla y caña a que en este naufragio no hay supervivientes.

Luis Herrero ( ABC )