No sé si el mote de «derechita cobarde» con el que se refiere Santiago Abascal a sus antiguos compañeros del PP sigue vigente en su vocabulario después del espectáculo parlamentario de las últimas horas en las que  la explosión del  cabreo sordo y el distanciamiento explícito entre ambos partidos se ha producido  para sorpresa del candidato a perder la votación.

Esta mañana  el toro que tenía que lidiar venia resabiado  porque hoy era el día D en el que estaba previsto que el duelo  elevase su nivel,  y así fue hasta que subió a la tribuna Adriana Lastra que, en cuanto empezó a proferir,  lo recondujo a la planta baja de Almacenes Arias.

La intervención de líder del PP  ha sido inteligente e incluso brillante porque ha repartido cera contra el censurador y el censurado, situándose en el centro del terreno político en una España radicalizada hacia los dos extremos.

Tan es así que Pablo Iglesias, uno de los escasos miembros del gobierno que piensa en política y no en filigranas como su Jefe, ha tenido el reflejo de pedir la palabra para restarle protagonismo a Pablo Casado  consciente de que les estaba ganado la partida por la mano al sorprenderles con su discurso de distanciamiento radical de VOX y su crítica demoledora a la indefinición oportunista de un gobierno que actúa como pollo sin cabeza según les aprieten las tuercas desde Europa.

Lo que sí parece cierto es que este parlamento necesita a los extremos para justificar el discurso de la izquierda y la derecha. Si no existiera VOX , Sánchez estaría huérfano de argumentos o serían mucho más débiles para criticar al PP, y si no existieran la ultraizquierda de Podemos o los separatistas catalanes y vascos, que por cierto son la puta derecha de siempre en versión cateto de provincias,  el PP se enfrentaría al mismo problema dialectico.

La España real no es idílica, ni tan maravillosa como algunos proclaman,  y eso lo estamos viendo en los  políticos  que hemos elegido, y en los ciudadanos irresponsables que se reúnen a hacer botellones y a propagar el virus que un  día les matará.

Por eso no me sorprendo de nada de lo que dicen Pablo Iglesias o Abascal, que son las dos caras opuestas de una misma moneda,  que han sido votados por los ciudadanos… aunque algunos más que a otros, según los escaños que han obtenido.

Es posible que esta frase cabree a quienes me leen de una orilla y desde la de enfrente, pero ambos tienen derecho a existir y a sostener sus discursos desde el parlamento  mientras ocupen un escaño. La democracia cosiste en defender libremente las ideas y someterse al escrutinio de los votos. Lo contrario se llama de otra manera.

Santiago Abascal  a lo mejor se ha  visto hoy a sí mismo como Gary Cooper en “Solo ante el peligro”, rodeado del Quinto de caballería,  los apaches  y los Cherokees, porque el en el parlamento español  existen todas estas tribus y algunas más. Soñaba con que algunos de sus antiguos compañeros del PP apoyaran su condena al maléfico  Sánchez, pero no creo que le haya sorprendido la orfandad en la que se ha visto porque en primero de política se estudia que este oficio hace extraños compañeros de cama  y convierte en enemigos a quienes fueron entrañables colegas.

Estoy seguro que Pablo Iglesias hace algún tiempo  ha tomado nota de esta moraleja.

Diego Armario