Por desgracia, salta a la vista que los objetivos principales de la educación en nuestra socavada democracia son dos: mantener estabulado al personal el mayor tiempo posible antes de acceder al mercado laboral –al paro en demasiados casos– y producir individuos ignorantes, manipulables y dependientes; tutelados por el Estado a través de variadas subvenciones desde la cuna hasta la tumba.

Esta evidencia –indiscutible para quien tenga ojos en la cara– se manifiesta en la extensión de la infancia hasta edades cada vez más tardías. Y derivadas del mencionado infantilismo, en una mayoría de ciudadanos de nuestra “avanzada” sociedad ya imperan una visión voluntarista de la realidad, irresponsabilidad, la renuncia a saber, una enorme indulgencia con las propias contradicciones, hedonismo, ombliguismo identitario en cualquiera de sus modalidades menores y rechazo hacia la idea de comunidad nacional.

Expresiones todas ellas, en el fondo, que denotan la incapacidad para discernir entre el bien y el mal, mientras se chapotea en un relativismo que excusa cualquier desmán por acción o por desidia.

Así, no puede extrañar que nuestro “civilizado” Occidente, aún regido por el mito de la “democracia nacida de la Revolución francesa” bajo el “imperio de la razón”, sea el paraíso de toda suerte de identidades subjetivas. Donde cada cual presume saber quién es, considerando su identidad firmemente respaldada por “razones” poderosas, aunque éstas no tengan asiento en la realidad ni sean fruto de la reflexión sino de sensibilidades particulares o vinculaciones afectivas.

“Razones” emocionales, por tanto, que no sólo se equiparan a pensamientos razonados, sino que, admitida esta falsa equivalencia, tienen vía libre para suplantarlos. En tal sentido, la primacía de los sentimientos sobre la razón se manifiesta a diario en el peso de la disposición o estado de ánimo –natural o coyuntural– en decisiones y juicios, pero sobre todo en los “modelos” educativos sentimentales hoy dominantes tanto en el hogar como en la escuela occidentales.

Por supuesto, la preeminencia del factor emocional puede entenderse como “natural”, pero no deja de resultar chocante que esta tesis haya sido asumida y promovida por quienes se dicen acérrimos defensores del “progreso” y del “imperio de la razón”.

Porque no cabe duda de que la devaluación de contenidos y el proceso de sustitución del “qué” por el “cómo” han sido acaudillados por quienes pretenden indisociable la vinculación entre “progreso” y “razón”. Y es precisamente en la escuela, involucionada y uniformada en el “pensamiento único” progre, donde se ha “normalizado” el desplazamiento del aprendizaje de materias en favor de la expresión de sentimientos.

En paralelo y contra toda lógica, el reiterado fracaso en “reformar” al hombre no parece haber dañado la fe en el “progreso”, o más bien, la fe en el paraguas que la palabra “progreso” todavía ejerce sobre ingenuos y desavisados.

Y es que, como decía el comisario Anatoly Lunacharsky, el gran responsable de la educación soviética tras la revolución de 1917: “La revolución trabaja en nombre de elevados ideales. Tiene en su contra todo un mundo de enemigos y por ello se ve obligada a separarse en el camino de sus ideales”. Un planteamiento que no sólo implica un doble rasero, sino que lo justifica y alienta. Y que pervive en nuestros días en los devotos de la fe socialista.

En palabras del intelectual comunista italiano Antonio Gramsci, la revolución que pregona es “una reforma intelectual y moral, es decir de una revolución popular que cumpla la misma función que la Reforma protestante en los países germánicos y que la Revolución francesa […]”. Y la vía para alcanzarla es una educación volcada en la transformación de los afectos: “se modifica el hombre en su totalidad en cuanto se modifican sus sentimientos .

Una sentencia que marcará la pauta de la acción “educativa” de la izquierda bajo cualquiera de sus formas.

De la vigencia de esta línea de actuación contamos con buenos ejemplos en todo el ámbito educativo español, preocupantemente homogéneo desde primaria a la universidad. Pero para dar fe de ello citaremos dos ejemplos muy recientes extraídos de la enseñanza “superior” por su influencia respectiva en la primaria y secundaria.

Por un lado, cabe mencionar el caso del catedrático de Didáctica e Innovación Educativa de la Universidad de Barcelona, Saturnino de la Torre, perfecto compendio del pedagogo vano, necio y jeta, “creador” del concepto “sentipensar”; es decir: “el proceso mediante el cual ponemos a trabajar conjuntamente el pensamiento y el sentimiento […] (sentipensar) es la fusión de dos formas de interpretar la realidad, a partir de la reflexión y el impacto emocional, hasta converger en un mismo acto de conocimiento que es la acción de sentir y pensar”.

Una nueva manera de destruir la escuela como centro de difusión del saber convirtiéndolo en otra cosa: espacio de expresión emocional, moral o lo que sea, pero no en un lugar donde el que no sabe va a aprender.

En palabras de semejante “sabio”: “Todos los niños tienen algo en lo que son superiores, no necesariamente vinculado a las materias o conocimientos: emotividad, empatía, liderazgo, inteligencias múltiples”. De forma que “hay que luchar por homologar las áreas formativas para que estas cualidades no habituales cuenten con un peso del 50% frente a las materias básicas”. ¡Toma, Jeroma, pastillas de goma!

Y es cierto que escuchar a este personajillo puede mover a risa, pero no se debe minusvalorar la penetración que las tesis buenistas de un predicador entrañable pueden tener –y de hecho tienen– en el no muy selecto ámbito de los maestros de primera enseñanza.

Sin embargo, a menudo se pasa por alto que muchos maestros y profesores mediocres e intelectualmente limitados ocupan su tiempo intentando darse importancia con lo último en vocabulario. Y que, sirviendo de canales de transmisión de estos términos “pedagógicos” tan hueros como pretenciosos, hacen un daño irreparable.

“Escuelas creativas”, “impacto educativo”, “aprendizaje activo”, “inteligencias múltiples”, “resiliencia”, “holístico”, “sororidad”, “empoderamiento”… Que en lógica escalada llevan a construcciones pseudocientíficas “superiores” tan desternillantes como “sentipensar en flujo”, “mirada autopoiética” o “educación sentipensante”, son expresiones que tienen en la escuela su mayor y más eficaz altavoz.

Como es natural, “don” Saturnino insta a impulsar sus ideicas disolventes a través del activismo de “asociaciones populares” e “iniciativas de grupos de profesores, para que haya cambios”. Que es la vía –junto a la propaganda– para “transformar” la sociedad seguida, por ejemplo, por todo un departamento de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid encabezado por la profesora Aurora Rivière; pájara empeñada en decir a los docentes de segunda enseñanza cómo deben explicar la Historia expurgada de conceptos “incorrectos”.

Esto es, mutilada, censurada y tergiversada: “Subrayar el carácter contingente y precario de los significados […] constituye una premisa esencial si pretendemos abordar una enseñanza crítica de la historia y propulsar la autoconciencia política de los jóvenes estudiantes”.

Parece que tras siglos de revoluciones en nombre de la Humanidad no hubiéramos aprendido todavía.

Filípides ( El Correo de España )