El pueblo español, harto de lo encomiable (franquismo), eligió el vituperio atraído por una propaganda que le ofrecía libertad y progreso, pero que era puro libertinaje y retrogradación: sexo, juego, drogas, relativismo… el cuerno de la abundancia para los espíritus corruptibles.

Y por tres veces consecutivas, creo recordar, dio la victoria al PSOE por mayoría absoluta, con lo cual firmó su sentencia de muerte como pueblo soberano, en lo colectivo; y como referente de dignidad, en lo individual.

Porque aquella decisión trajo la confusión moral, la creencia en un mundo pletórico de derechos y ausente de obligaciones, por un lado, y por otro, la pérdida, como ciudadano de un país libre, de la independencia y unidad de la patria, la absoluta corrupción social y el consecuente enriquecimiento de la oligarquía corrupta y de sus esbirros. Mientras que el sacralizado pueblo soberano, como pomposo elector, se refocilaba chapoteando en la ciénaga y recogiendo las migajas de los nuevos sátrapas.

Aquella nueva atmósfera llegada de la mano de la ejemplar y democrática Transición, trastocó la percepción de lo que era una democracia genuina, pero sobre todo perturbó la convivencia. Y España dejó de ser lo que venía siendo en las décadas inmediatas anteriores a la muerte de Franco: un país en permanente progreso, ilusionado y expectante de un futuro que parecía, no sin razón, ilimitado.

A partir de entonces todo fueron segundas intenciones, hábiles señuelos, incorrectas interpretaciones de la Constitución y del propio sistema constitucional, explotación de los bajos instintos de la plebe o de su miedo, según tocara… Y no eran cuestiones de orden o de procedimiento o de prelación lo que se debatía.

Era mucho más. Era un metódico programa sociológico de aborregamiento colectivo en beneficio de las oligarquías políticas y de la plutocracia, unidas ambas más que nunca de la mano del nefando socialismo español, y ambas bien conscientes de que ya sin el buen pastor el rebaño era fácil presa de las alimañas, cuyas garras ellos representaban jactanciosa o sibilinamente, según mediara el caso y el protagonista.

Desde el mismo poder se divulgaba sin eufemismos que aquél que a los cuarenta años siguiera viajando en metro era un tonto de baba. Y no dar un pelotazo al año como mínimo era un acontecimiento sonrojante para quien prefería permanecer ajeno al viento corredor de los nuevos cresos, al cual nunca se le tenía por honrado, sino por lelo o, como mucho, por desprevenido o incauto.

El sistema parlamentario, a través del bipartidismo y con el aliciente de las mayorías absolutas socialistas, trató de transformarse en la práctica en sistema presidencial, con Felipe González como efigie y atando al Rey sin esfuerzo a sus propias felonías, de modo que social y políticamente las actitudes desde el poder comenzaron a tener fatídicas consecuencias para aquél equilibrio democrático que algunos ingenuos habían soñado.

Si la pretensión de transformar, por la fuerza de los hechos, nuestro sistema político y nuestra atmósfera social no constituía un ejemplo moral ni de buen gobierno, sí resultaba muy rentable por el contrario para determinados intereses grupales o individuales.

Era obvio que las decisiones de los oligarcas financieros y políticos, lejos de ser circunstanciales o inocentes, correspondían a una estrategia bien trazada, que escondía ambiciones económicas y totalitarismos políticos, y en la que lo importante no era España ni su ciudadanía, sino, por el contrario, la destrucción de la madre patria y la codicia de los nuevos absolutistas.

Porque todo lo proyectado se basaba en la humillación del pueblo y de las instituciones a base de repartir chantajes u opciones de libertinaje o prebendarías, consiguiendo que los poderes legislativo y judicial se convirtieran en meras correas de transmisión del césar de turno socialista, conchabado con los tiburones financieros y con los cómplices de la supuesta oposición. De ahí que se llegara a la atrofia en la función de control de las Cortes y que la tal oposición careciera de sustancia, al menos cuando la ejercía la menguada derecha.

Aquella dinámica condujo a un bipartidismo consciente de que tenía que engrasar también las ruedas de los nacionalismos periféricos, necesarios muy a menudo para conformar el deseado bloque mayoritario. Pero entonces nuestra deficiente ley electoral fue empujando paulatinamente, en las autonomías regidas por la voracidad separatista, hacia un voto útil regionalizado, engañado a su vez por los cantos de sirena y las subvenciones de las oligarquías autonómicas. «¿Por qué repartir con los restantes españoles lo que podemos quedarnos para nosotros?». «Quedémonos con lo nuestro y compartamos lo de todos».

Esta forma insolidaria de ver el mundo y de entender la coexistencia cívica, consistente, en síntesis, en que lo primordial era la obtención del poder, ganar como fuera en las elecciones para obtener las derivadas sinecuras, agilizó el agit-prop correspondiente, transformando voluntades y programas con el único objetivo de conseguir los votos necesarios. No se trataba de captar adhesiones para un programa político, propiamente hablando, y menos aún bienintencionado, sino de adaptar la mirada del votante para hacerla coincidir con los intereses personales o partidistas. Y para conseguir aquello, todo era válido.

De este modo, el cabeza de cartel, el líder, llegaba a adquirir tal importancia que los grupos políticos terminaban siendo rehenes de sus encumbrados fetiches -véase el caso de Ayuso, recientemente-. La razón y la coherencia desaparecían e irrumpían las emociones, los gestos, los despechos y caprichos electorales, mientras que dentro de las fuerzas políticas se hacía piña para impedir las disidencias o los peligrosos personalismos, premiando la docilidad, y sin evitar muy a menudo las luchas internas por el poder.

Y esto es lo que está volviendo a ocurrir en el presente, tras el desbarajuste formado por una generación de políticos repugnantemente serviles al Sistema, pero tan necios y arrogantes que pueden echar por tierra el objetivo globalista pergeñado para una nación de extraordinaria importancia geoestratégica como es España.

El Sistema trata de reanudar un bipartidismo dócil -PSOE, PP- con el que se ha sentido a gusto hasta ahora y que los radicalismos exacerbados generados por la estulticia del actual socialismo y de sus cómplices están a punto de llevar al fracaso. Dos partidos similares en lo esencial, sólo diferentes en sus orígenes, en su historia y en detalles intrascendentes o anecdóticos que contribuyen a despistar al elector, creyendo ver diferencia donde sólo existe uniformidad hacia el primordial objetivo.

Cualquiera que entre ellos sea elegido para gobernar llevará a cabo idéntica política; en este caso la Agenda 2030 o 2050, o la que, en su momento, los poderes fácticos dicten desde sus solios. Una política común efectuada por distintas siglas. Una misma obra teatral escenificada por distintas compañías, que el abducido populacho aplaude una y otra vez, ajeno a lo que se cuece detrás de las bambalinas.

Pero con esta puesta en escena resulta un claro perdedor: el pueblo soberano que contempla el espectáculo desde el patio de butacas, complacido ante la representación de lo que cree una comedia y es una tragedia. Y junto a ese pueblo supuestamente soberano, la derrotada es España, pues en este designio global no hay sitio para la regeneración. Y es obvio que la clase dominante no va a torcer su plan; como mucho, podrá cambiar algunas menudencias en el guión para que no varíe lo sustancial del asunto.

De modo esperanzador, en estos últimos meses, y alertada por el descaro con que algunos lacayos del Sistema han manifestado su radicalismo, una minoría del pueblo español, insuficiente a todas luces, parece haberse desentumecido. Pero la alianza entre el marxismo cultural y la plutocracia globalista ha cerrado filas y ha movido ficha. Tanto en aspectos del ámbito internacional como del nacional.

Limitándonos al interior, las víctimas aparentes, han sido C´s, como grupo, e Iglesias en lo individual. Pero por encima de ellos, y en otro orden de cosas, la pieza a batir es VOX, precisamente por ser alternativa a lo que representa el bipartidismo y su correa de transmisión separatista. VOX, con mayor o menor acierto, pero con coraje y convicción hasta el momento, encarna a nivel nacional una política patriota, razonable y solidaria, y para los instalados supone una amenaza no sólo política, también económica y puede que hasta penal.

De ahí que están tratando por todos los medios de asfixiar su evolución al alza. Mediante el fuego amigo y el fuego enemigo. Con censuras, insidias, insinuaciones, verdades a medias y denuncias de pecados veniales que se magnifican malévolamente.

Saben que la hoy tercera fuerza parlamentaria mantiene, pese a todos los obstáculos, una tendencia ascendente. Y que constituye el aguijón que no deja de recordar a los electores los atropellos cometidos por la casta partidocrática, así como sus catastróficas consecuencias. Y temen, en consecuencia, que siga despertando conciencias ciudadanas, siendo el permanente testimonio de que a España la están llevando directa hacia el abismo, que existen otros caminos más dignos y fructíferos.

Desde que empezó a despuntar en el panorama político, los instalados han pretendido marginar a VOX por todos los medios a su alcance, que son múltiples y poderosos. La última y palmaria ocasión, en Ceuta. Invariablemente se le ha pretendido ridiculizar, estigmatizar, demonizar mediante la identificación con ideologías con las que nada tiene que ver; y se han ninguneado, silenciado o desvirtuado informativamente sus actos, todos ellos, por supuesto, por ser contrarios a lo social y políticamente correcto…

Y esto es así porque al PSOE y al PP les conviene un bipartidismo sectario, con la suma de los partidos separatistas centrífugos. Quieren ser sólo ellos quienes controlen la totalidad del electorado, mayoritariamente inane. Esta ha sido la gran habilidad de la casta durante estas últimas décadas, bajo la atenta mirada de los poderes fácticos que sobrevuelan nuestro país. Y así lo tenían conseguido hasta la irrupción de VOX.

En España, el éxito del marxismo cultural y del poder financiero globalista ha consistido en burlarse impunemente del electorado a lo largo de la Transición, impidiendo la llegada de un verdadero Gobierno patriótico y de progreso e imposibilitando a corto/medio plazo la regeneración del país en todos los aspectos.

PSOE, PP y nacionalistas -con sus terminaciones respectivas- quieren seguir siendo las únicas organizaciones políticas posibles, asignando a VOX, única voz disidente, la etiqueta de ultraderecha o de fascista, y negando lo evidente, que ellos son la verdadera antidemocracia, el verdadero totalitarismo. Y para mantenerse en el poder utilizan el infalible recurso del agit-prop (piense el lector de nuevo en Ceuta).

Se sacan las turbas y la propaganda a pasear, o se decretan leyes antinaturales y falsarias, se cantan logros imaginarios, se alteran cifras y acontecimientos, se siguen las pautas marcadas por el Sistema, se presentan como méritos y progresos los defectos y los destrozos, se tildan de solidarias y de avanzadas las medidas antisociales y pervertidoras, se silencian u ocultan las redes mafiosas, las subvenciones clientelares y las oscuras ansias hispanicidas, se promete lo que no se va a cumplir y, por último, se apela a la Agenda 2050 como la panacea de los iluminados. En resumen: mentir, mentir… y volver a mentir. Se miente siempre, por sistema, y con toda la boca. ¡Desde la más absoluta y escandalosa impunidad!

Ante esta mentira permanente lo asombroso es que el pueblo -más allá de las habituales e imprescindibles excrecencias y clientelismos izquierdistas- aún se quede en sus casas, manso y receptivo, y lo más sorprendente aún es que todavía haya votantes, que se supone avisados y sentidamente españoles, que aún sigan reeligiendo a los traidores, a los pervertidos, a los dementes y a los delincuentes, negando la existencia del, hoy por hoy, único partido parlamentario disidente, que dice y se comporta con  argumentos y pautas opuestas a los liberticidas y a los hispanófobos.

Pero al negar la existencia de una posibilidad regenerativa -pues en eso consiste la negativa a VOX-, al promover la vigencia del bipartidismo, y ante la firme decisión del poder económico y del poder ideológico o cultural -junto con sus secuaces- de acabar con España como nación y sobre todo como gran nación, son precisamente estos ciudadanos supuestamente ilustrados o supuestamente de derechas, los que están colaborando a mantener el statu quo que tiene secuestrada y humillada a nuestra patria.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )