NEOMARXISMO BANANERO

Hace muchos lustros que España no es capaz de alumbrar ningún tipo de pensamiento original o puntero, limitándonos a copiar lo que nos llega de fuera. Versos sueltos, como Gustavo Bueno, al final han quedado relegados y los pocos pensadores que quedan, o hacen cola ante la puerta del pesebre montado por los partidos, sus fundaciones y sus grupos mediáticos afines, o permanecen confinados en minoritarias páginas en internet.

Lo rentable es la propaganda, no el pensamiento. Por ello vale más una frase afortunada en twitter que un ensayo o es más influyente un youtuber que un filósofo. Es el sino de nuestros tiempos de consumismo, se lee poco y rápido, y se reflexiona aún menos. Es el triunfo de lo superficial frente al contenido.

Si el mensaje de Chávez, Maduro, Cabello o de la tal Delcy Rodríguez sonrojaría a cualquier marxista clásico anterior al Mayo del 68, en el contexto actual, no es de extrañar que la izquierda española compre la simplonería intelectual del balbuceante neomarxismo venezolano.

Por supuesto que Zapatero cobra por su papel de conseguidor de la dictadura venezolana y los niñatos de Podemos han pasado de la asamblea de la facultad al ministerio gracias a los dólares del chavismo y no gracias a sus brillantes planteamientos ideológicos, pero lo cierto es que, más allá de la hegemonía mediática y cultural de la izquierda, su discurso carece de cualquier rigor intelectual.

Nuestra izquierda se ha tragado sin pestañear la agenda mundialista del Club de Roma y el relativismo nacido de la revolución cultural del 68, sin pararse un segundo a pensar en las consecuencias de ese consenso capitalismo-socialdemocracia y si favorece al individualismo o al colectivismo.

Así se han apuntado con fervor a la ideológia de género, la migración sin fronteras, el indigenismo o su último descubrimiento, la alarma climática. Pero aquí no tenemos a ningún Sartre, Beauvoir, Toni Negri o Althusser, no hay intelectuales de izquierda, hay artistas o periodistas, y sus ideas no valen gran cosa más allá del tópico.

Claro que, si miramos a la bancada de los diputados, especialmente los socialistas, a duras penas entre todos ellos habrán conseguido terminar de leer un solo libro sobre teoría del Estado y aun menos sobre filosofía política.

Francamente, comprendemos a Calígula cuando nombró senador a su caballo, pues viendo la composición del parlamento español actual no creo que notásemos mucha diferencia entre la profundidad del pensamiento político de alguno de nuestros diputados y un equino.

Con este nivel ínfimo en nuestra izquierda actual no es de extrañar su sintonía con el régimen bolivariano. Coinciden en descaro, zafiedad y falta de preparación. Claro que al fin y a la postre no se trata de articular un sistema de pensamiento político. No existe ni interesa.

Se trata de detentar el poder a través de la manipulación de las masas, y en eso, la indigencia del pensamiento, no es relevante. En otras latitudes el neomarximo, o si se quiere la izquierda postmoderna, ha justificado la sustitución de sus objetivos igualitaristas por los que sostiene la agenda globalista, pretendiendo hacer pasar la reivindicación social hedonista del individuo por la solidaridad social y la construcción de una comunidad con relaciones justas.

En España ni se han molestado en disimular, ni les ha hecho falta. Avanzamos desde un régimen oligárquico interno hacia un régimen despótico universal, pero con la peculiaridad de que aquí cada vez es más diáfana la impostura de quienes pregonan ser “socialistas” mientras abusan del poder y se enriquecen personalmente sin miramiento alguno.

Falta de rigor y falta de escrúpulos, la características de cualquier régimen bananero, en nuestro caso neomarxismo bananero.

Mateo Requesens ( El Correo de Madrid )