NI BUENOS VASALLOS, NI BUEN SEÑOR

Mala suerte tienen los amarillos, que  en política catalana es el color de la medianía, y no podría ser de otra forma porque los mediocres y sumisos que parecen satisfechos con el maltrato al que son sometidos por sus amos, se identifican con ese símbolo cromático.

Aquí no cabe la frase del Mío Cid  ¡Dios que buenos vasallos si oviera un buen Señor!,   porque la gallardía del jefe brilla por su ausencia y la dignidad de quienes le rinden pleitesía también, y solo existe una explicación que permita comprender tamaña humillación: Puigdemont es el líder de una secta y quienes le siguen ciegamente no tienen remedio y son carne de rehabilitación en un psiquiátrico.

Otros jefes de organizaciones dedicadas a invalidar la libre voluntad de sus seguidores les ofrecen alguna promesa que por lo general tiene que ver con el sexo libre y la salvación eterna, dos propuestas  – al menos la primera de ellas – que nadie en su sano juicio se atreve a rechazar, pero estos del lazo amarillo, la cara avinagrada, la mente estrechan y el culo apretado, se conforman con cumplir el mandato de odiar al disidente y no esperan nada de los miembros del organigrama independentista, que viven como marajás robando a manos llenas, desviando partidas presupuestarias y pidiéndole a sus adeptos que sigan dando dinero a la causa.

Hoy era el día en el que  Puigdemont  – el caganer nada honorable  de Cataluña – había prometido  aparecer en carne mortal  ante el Parlamento Europeo y  estaban convocados miles de sus seguidores en Bruselas.  Ellos estuvieron allí pero uno de los personajes más indignos de la historia política de Cataluña del siglo XXI les volvió a tomar el pelo.

Los  que se visten con del lazo amarillo posiblemente se merecen el trato que reciben  de este personaje chusco que, en cualquier  lugar serio, no habría pasado de ser  uno de los muchos mediocres que  viven de la política porque fuera de ella no tienen oficio del que mantenerse, y parece  ser que se ha situado sobre el cielo de algunos lugares de España una nube contaminante de estupidez humana, con especial concentración de efectos en  Cataluña.  

Habrá que echar mano del refranero para explicar este fenómeno generador de estupidez,   porque la sabiduría popular supera en sensatez  a la locura de los necios y tal vez por eso los secuestrados por la secta amarilla  están convencidos de que “sarna con gusto, no pica” pero ignoran que “mal de muchos  es consuelo de tontos”  y “quien siembra vientos recoge tempestades”

Diego Armario