El barómetro de ABC sobre la percepción de la evolución de nuestra economía y del calado de la crisis demuestra que al presidente del Gobierno no le está sirviendo de nada la coartada de la guerra de Ucrania para justificar su pasividad. Vladímir Putin, según acredita el sondeo realizado por GAD3, es solo una cortina de humo y no la causa real de todos nuestros males.

Más bien, la opinión generalizada es que el Gobierno ha tardado mucho en adoptar medidas, que estas son insuficientes para combatir la inflación, o que Sánchez se equivoca subiendo los impuestos en lugar de bajarlos.

Ocho de cada diez españoles creen injustificada la tardanza del Gobierno en aprobar su decreto contra el alza de los precios, y tres de cada cuatro, casi el 75 por ciento de los encuestados, creen innegociable una reducción de la presión fiscal sobre los bolsillos.

A su vez, el 60,3 por ciento no creen la excusa de que la guerra de Ucrania sea el principal culpable de la escalada de precios, y de nuevo tres de cada cuatro juzgan irrelevantes las medidas aprobadas para frenar un periodo inflacionista que, según el Banco de España, será casi del 10 por ciento al menos hasta el verano.

Del sondeo, llama la atención el dato de que el 70 por ciento de los encuestados que recuerdan haber votado al PSOE sostienen que, en efecto, el Gobierno se ha demorado mucho a la hora de adoptar decisiones, y ese 70 se eleva al 78 por ciento entre quienes votaron a Podemos.

Son cifras muy altas que castigan desde dentro de su propio electorado a los dos partidos de la coalición gubernamental. Más aún, solo cuatro de cada diez votantes del PSOE culpan a la invasión rusa de su país vecino de la actual situación, lo cual resulta concluyente.

Sánchez no solo elude sus responsabilidades, sino que sigue equivocándose sin escuchar a quienes le exigen que reconduzca la deriva. Ni siquiera las advertencias del Banco de España, el INE, la OCDE, el FMI o la Comisión Europea parecen ser suficientes.

Sánchez se ha empecinado en una política puramente recaudatoria para que cuadren las cuentas de sus maltrechos presupuestos, y todo con la sempiterna excusa de la izquierda de proteger las políticas sociales. Y de ahí no sale.

Sin embargo, su palabrería de mal prestidigitador con la educación, la sanidad o las pensiones no cuadra con el estado de nuestra deuda, con el déficit, o con la tasa de crecimiento y de creación de empleo. El riesgo de una estanflación o de una recesión empieza a ser algo más que un mal sueño.

Y lo grave para Sánchez es que ni siquiera los suyos, los convencidos, ya le creen. Está en la peor fase de pérdida de credibilidad de su mandato, por encima incluso de lo que lo estuvo durante su gestión de la pandemia.

ABC