Este año se ha abierto una puerta de esperanza contra el coronavirus pero sigue cerrada  a la ilusión de que podamos superar la enfermedad que nos  asola en forma de intolerancia, desprecio a la libertad  y odio al que piensa diferente.  

 Ojalá podamos darle la razón al refrán que  predice un año  de bienes cuando nos visita la nieve, pero me temo que el frio nos seguirá  calando los huesos del alma  hasta que seamos capaces de ponernos de acuerdo en que los extremos deberían formar parte de la galería de los malos recuerdos en el museo de la historia.

Lo que está pasando en los Estados Unidos  y en otros países del mundo, de los que lamentablemente  no podemos excluirnos,  tiene que ver con un diseño político elaborado por pensadores que buscan cómo excitar las más bajas pasiones de los sectores sociales,   especialmente sensibles al miedo o a la sed de venganza, desde las dos perspectivas ideológicas que mueven a la sociedad.

La polarización y el enfrentamiento entre personas que durante años han convivido razonablemente y habían hecho posible que sus diferencias en las urnas no les impidieran hablar o compartir un café en la calle, es consecuencia de los discursos de intolerancia y de odio con los que los políticos alimentan su rabia.

Todos hemos vivimos etapas en las que el respeto a las  más elementales normas de convivencia y a las leyes era lo normal, pero  algunos de los actuales políticos extienden por el mundo un manto de indignidad que pone en riesgo valores que todos deberíamos proteger.

En cualquier país democrático lo razonable es que la oposición controle y critique al gobierno y que el ejecutivo tome decisiones para llevar adelante su programa, pero sin dejar de cumplir con su obligación de dar cuenta de sus actos ante  los medios de comunicación, la sociedad y las instituciones,  y cuando eso no sucede se le está dando un mal ejemplo a los ciudadanos que piensan que ellos también pueden incumplir cualquier norma.

Los hechos que hemos presenciado hacen unos días con el asalto al Capitolio de los Estados Unidos no son solo imputables a los vándalos que lo asaltaron, porque gobernar un país implica hacer pedagogía de la tolerancia y el respeto a las leyes, algo en lo que el Presidente Trump no ha sido ejemplar.

Una nevada sin límites  de irresponsabilidad política  está cayendo sobre varios países del mundo, y el nuestro es uno de ellos.

Aquí, aunque solo sea por alianzas  espurias y simpatías políticas, empezamos a parecernos más a un choncho venezolano que a un psicópata de Nueva York.

Diego Armario