NINGÚN SALOMÓN

Empiezo donde lo dejé ayer: «Acataré la sentencia del Supremo por principio, me guste o no». Y hay en ella cosas que no me gustan. La primera, que se haya conocido antes incluso de que fuera firmada, rompiendo el secreto judicial y menoscabando el prestigio de la Sala.

El último viernes, «El País» anunciaba que los líderes de la intentona golpista serían condenados por sedición no por rebelión, e incluso las razones: no se apreciaba «violencia consumada» de los acusados, y ayer puntualizaba que «aunque promovieron manifestaciones tumultuosas, no instigaron premeditadamente actos violentos como parte de su plan para declarar la independencia».

Eso sí que es cogérsela con papel de lija, porque si arengar a una multitud furibunda ante la Delegación de Hacienda de Barcelona desde un coche abollado y saqueado de la Guardia Civil y lanzar vallas metálicas contra las furgonetas de la policía que intentaba impedir un referéndum ilegal no es violencia, yo soy san Francisco de Asís. Claro que le añaden lo de «no consumada».

¿Qué quieren decir sus señorías con eso? ¿Qué la intentona de declarar la República Catalana no tuvo éxito? Menos mal, porque, de tenerlo, ese juicio no hubiera tenido lugar y los procesados serían hoy las autoridades de la tal república. Que fracase un intento de robo o asesinato no borra su condición de delito.

Como esto que estoy diciendo lo saben más que de sobra los miembros del tribunal, no encuentro otra explicaron que han querido extremar las garantías jurídicas, sabiendo que su sentencia va a pasar por el cedazo de la Justicia europea, que ya nos ha dado algún susto en este contencioso, y ofrecer bazas al Gobierno para negociar una salida al problema catalán, hoy bloqueado.

Noble propósito, pero me temo que inútil. Sabemos de sobra que cuantas más concesiones se hacen al nacionalismo, más pide y lo único que le satisface es la absolución de sus procesados. Aunque la sedición significa la mitad de la pena que la rebelión y con los dos años de prisión preventiva que llevan pronto empezarán a recibir permisos y otras ventajas, al depender de la Administración penitenciaria de la Generalitat, dudo mucho que se den por satisfechos.

Para resumir: conviene irse haciéndonos a la idea de que el juicio apasionante que hemos vivido tiene también su parte oscura y el magistrado Marchena no era Salomón ante dos madres que reclamaban un bebé, sino un juez español lidiando la problemática de un país troceado, crispado, fatigado y harto de que sus políticos le mientan y necesita creer en una Justicia totalmente independiente.

Como he dicho, aceptaré su sentencia por principio, pese a no celebrar parte de ella, como me pasa con la Constitución y la Transición, consciente de que, sin ellas, nos iría peor.

Aunque me gustaría recordar que la Justicia lleva la balanza en una mano, la espada en la otra y una venda en los ojos. Tal vez le conviniese llevarla también en la boca y hablar sólo en sus veredictos.

José María Carrascal ( ABC )