NO CANTAN LAS ALONDRAS

Están floreciendo los almendros y las mimosas de mi jardín y parece que éstas van a iluminarse; sus flores redondas y doradas -las primeras, antes que los lirios y las violetas-, hacen estornudar a los boqueras y a los perros que sacan a mis vecinos, tirándoles de la correa. Dentro de un par de semanas empezarán los brotes de la primavera, mientras en toda España se encabritan los ríos e inundan las ciudades.

Los que niegan el cambio climático, sí creen en el Diluvio Universal que anegó el planeta, antes que se derritieran los polos. El terremoto de Lisboa que tanto influyó en el pensamiento de la Ilustración engulló el puerto, derrumbó iglesias, palacios y provocó un tsunami que casi llega a Aranjuez, Tajo arriba; y entonces no había caos ecológico.

Los populistas de derechas no se creen ese cuento de izquierdas, lo achacan al oportunismo de científicos que dan sablazos a los políticos. Pero nadie puede negar que desde que el hombre se puso de pie hasta ahora, ha desaparecido gran parte de los mamíferos y de todo bicho viviente. Parece que Europa ha perdido 500 millones de aves en los últimos 50 años.

Según científicos y ecologistas están a punto de extinguirse o diezmarse la población de rinocerontes, tigres, leopardos, lobos rojos, y también nuestros primos hermanos los gorilas y, por supuesto, los chimpancés. Pero a mí lo que más me entristece es no volver a oír el gorjeo majestuoso de las alondras, que tanto escuchábamos en la Serranía de Cuenca compitiendo con los jilgueros y ruiseñores, aunque las alondras desparecían en el cielo y no volvían.

Ya hace mucho que no trinan en Madrid porque detestan el cemento y prefieren los tomillares. La población de la alondra ricotí -la que tiene menos cresta- se reduce muy deprisa según un trabajo dirigido por la Universidad Autónoma de Madrid.

Puede que se hayan ido al éxodo de las aliagas y los romeros, a los barbechos de las landas, esos asombrosos pájaros que cantan en vuelo, y más cuanto más se acercan a las estrellas; aterrorizadas alondras huecas, pardas, huidizas, clandestinas, que cantaron para Virgilio, para Shakespeare en Romeo y Julieta.

En abril trinaban para Don Quijote todos los días y le hacían evocar los felices tiempos de las zagalas cuando los despechados amantes se retiraban a las selvas.

Las mismas de arpadas lenguas que Juan Ramón veía subir del surco cantando la mañana de primavera. Antes, Shelley, se deslumbró con sus notas largas que se pierden entre las nubes: «No fuiste nunca un pájaro, / tú, que desde los cielos el corazón derramas / en profusos acentos, con arte no pensado».

Raúl del Pozo ( El Mundo )