Recordarán ustedes aquella escena que apareció en la televisión, en la que el presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, afeaba en público la conducta de un joven que, al saludarlo, se había dirigido a él como “Manu”, así, como si lo conociera de toda la vida.

El presidente francés conminó al muchacho a llamarlo por su nombre, con el don delante, o, si lo prefería, como “señor presidente”, aunque en francés, claro está, porque el primer mandatario del país galo pensaría, con razón, que confianzas las justas o, echando mano del rico refranero español, que donde hay confianza, da asco.

A mí, la actitud antes descrita del presidente de la República francesa, me llegó al alma, de manera positiva, como es obvio, pues constituyó en sí misma una lección de cortesía, de respeto y, lo que es más importante, de vergüenza, porque no se puede consentir que un niñato caprichoso y sin educación, se tome esa confianza con el primer dirigente político de su país, al que empieza llamando “Manu” y, si no se le paran los pies, puede acabar acordándose de sus muertos más frescos (de los del presidente galo, digo), y hasta ahí podríamos llegar.

Una guerra como la anterior la he mantenido yo en mi trabajo durante largos años, soportando el abuso del tuteo por parte de unos alumnos maleducados y de unos padres estúpidos que, alentados por unos políticos infames (sobre todo, los de izquierdas), nos dejaron hace tiempo a los docentes a los pies de los caballos, con la anuencia de muchos compañeros míos de profesión, justo es decirlo, porque si hay un colectivo profesional churretero, asqueroso e insolidario, ese es de los enseñantes, un gremio al que por desgracia he pertenecido durante casi cuatro décadas.

Yo siempre he pensado que donde se empieza con excesiva confianza, se pierde a continuación el respeto para, finalmente, pasar al insulto o a la agresión, como por desgracia ha sucedido muchas veces.

Pero no solamente los políticos de izquierdas han caído en el error de hacer del exceso de confianza un signo distintivo de su acción; también los de derechas, en su afán enfermizo por hacerse los simpáticos y caer bien al personal, adoptan a veces posturas ridículas sobre el tema que nos ocupa en este artículo.

Tal es el caso del presidente de la Junta de Andalucía, mi tierra, Juan Manuel Moreno Bonilla, que se hace llamar, incluso por los periodistas de Canal Sur, su televisión, Juanma Moreno, sin duda para intentar parecer así como más cercano a la gente, la criatura.

Se equivoca el señor Moreno, desde mi punto de vista, al actuar así, porque él no necesita de esos artificios infantiloides para caer bien a los andaluces y para intentar parecer lo que de hecho es: el mejor presidente que hemos tenido en Andalucía en los últimos cuarenta años, es decir, desde que se aprobó nuestro Estatuto de Autonomía.

Porque don Juan Manuel Moreno Bonilla (con el don delante, que conste), es un hombre preparado, un político serio y creíble, está solventando, con una eficacia y dignidad no exentas de elegancia, la herencia envenenada del despilfarro socialista, lo está haciendo con educación (para duro, ya está a su lado el magnífico Elías Bendodo) y, por si todo lo anterior fuera poco, por primera vez desde hace mucho tiempo, los andaluces no nos vemos desamparados ante el amiguismo, el enchufismo y la mediocridad que han imperado en esta pobre tierra mía durante décadas, y de esto último yo sé bastante, pues no en vano he sido funcionario de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía durante largos años, he hablado con inspectores, con delegados, etc., algunos de ellos, en ciertas ocasiones, con una copa de más, y sé cómo ha funcionado el tema durante todo este tiempo en esta Andalucía de mi alma, en la que pasamos, sin solución de continuidad, del señorito cacique de antaño, que explotaba a los pobres obreros en el campo o en la fábrica, al señorito socialista de hogaño, que, encumbrado por su partido, vomitado por las urnas y con mando en plaza, se ha forrado de billetes, nos ha tratado a los andaluces como si fuésemos menores de edad, y se ha cobrado favores de las formas más variopintas, siendo una de ellas esa, sí, la que están pensando ustedes ahora mismo, y de la que yo conozco un caso flagrante aquí, en mi provincia.

Que yo no sé muy bien qué es peor, si el señorito cacique de ayer, o el alto funcionario de la Administración socialista de hoy, pues ambos coinciden en lo peor, es decir, en creerse dueños de las conciencias de los hombres y, como en el caso al que antes de me he referido, también del cuerpo de sus mujeres.

Por eso el presidente de la Junta de Andalucía debe (debería, es mi opinión), dejarse de milongas y hacerse llamar don Juan Manuel, o señor presidente (en castellano, claro está), no para hacerse respetar más, pues él ya se hace respetar con su quehacer diario, sino para evitar las confianzas innecesarias que, al final, como dice el refrán, siempre dan asco.

Ya termino: don Juan Manuel Moreno Bonilla es el mejor presidente que ha tenido la Junta de Andalucía en toda su historia, aunque tampoco en esto tiene mucho mérito el hombre, justo es decirlo, porque mejorar a José Rodríguez de la Borbolla (alias “Pepote”), a Manuel Chaves, el que supuestamente se llevaba los “minolles” (sic), o a la ínclita Susana Díaz, por citar sólo a algunos de los moradores que ha tenido el Palacio de San Telmo, eso lo podría haber hecho cualquiera, a poco que lo intentara, con don o sin don delante.

Blas Ruiz Carmona ( El Correo de España )