NO INVESTIBLE

A la mayoría de los españoles que no han votado a Podemos, incluida una porción significativa de votantes del PSOE, les aliviaría que el PP y Ciudadanos facilitasen a Sánchez la investidura mediante un pacto de Estado, bien para armar un Gabinete de coalición o, en el peor de los casos, uno monocolor con ciertos compromisos políticos, fiscales y presupuestarios que garantizasen una legislatura de talante moderado.

Pero eso sólo sería posible en un país más maduro que el nuestro, con unas élites más solventes y un cuerpo electoral menos dispuesto a dar rienda suelta a sus impulsos de hartazgo o de resentimiento. Y desde luego con otro presidente del Gobierno: alguien cuya palabra pudiese ser tomada mínimamente en serio.

No es ése, por desgracia, el escenario que entre todos hemos compuesto; los resultados del domingo, con esa atomización del Parlamento típica de las sociedades envueltas en crisis de nihilismo o de desconcierto, sugieren la pesimista hipótesis de que acaso tengamos la dirigencia que merecemos.

No hay asunto, por tanto; Sánchez no es investible por el centro-derecha. En primer y principal lugar porque él no se deja, como demuestra la prisa con que cerró el acuerdo con Iglesias antes de que nadie pudiese formularle otra oferta.

En segundo término, porque no es fiable de ninguna manera y en tercero, porque su figura suscita en el electorado conservador una fobia virulenta. Para el PP, y en menor medida para Cs, la prioridad estratégica consiste en consolidar una alternativa constitucionalista y liberal que defienda el sistema de las agresiones a que lo va a someter la alianza de izquierdas.

Y en esa perspectiva, entregar el liderazgo de la oposición a Vox no parece buena idea, sobre todo después de que el voto populista haya retirado de la circulación a Albert Rivera; tendrá que quedar en pie alguna fuerza intermedia capaz de representar el criterio de la España serena. Ya van a tener Casado y Arrimadas bastante tarea con tratar de abrirse hueco entre dos polos de tensión extrema.

Otra cosa sería con un candidato distinto, un gobernante responsable en el sentido weberiano. Pero esa opción no es viable con un Partido Socialista controlado por el sanchismo compacto y decidido a desarrollar un proyecto ideológicamente sesgado.

A estas alturas resulta imposible ignorar su carácter de político inconsistente y temerario, incapaz no ya de respetar su palabra sino de ser consecuente con sus propios actos. Después de todo lo visto en el último año no cabe una salida razonable con él al mando. El problema no puede formar parte de la solución en ningún supuesto sensato.

Así que habrá que tener paciencia, resistir la tentación de reacciones precipitadas o histéricas. Y asumir la certeza de que nada le gustaría más al consorcio frentepopulista que liquidar a la primera cualquier oportunidad de reconstrucción de la derecha.

Ignacio Camacho ( ABC )