¡ NO, JURO !

En el Congreso acabarán jurando el cargo por el Osasuna y por la Pachamama. Antaño solo amorcillaban la jura vascos hoscos, dedos de la mano del brazo político de ETA. Hogaño la calderilla toda aprovecha el momento para lucir su aversión a la Constitución, certificando una vez más que vileza y cursilería son hermanas.

La ambición cejijunta de la peña provinciana es a veces una carretera para su pueblo, o que los dejen a solas con los niños en el aula. Pero salvo en el caso de los peneuvistas, únicos virtuosos del privilegio una vez asilvestrada Convergencia (no te escondas), las más de las veces les basta con quejarse.

El malestar de los terruños flota sobre el hemiciclo como una bruma deprimente y tenaz que nunca se disuelve. Es el contagio vasco-catalán, el parcelar España para venderle a España sus pedazos. Los principales afectados son los supuestos «países catalanes» remanentes.

Convenientemente teñidos de ofensa y humillación histórica, los retales cantonalizantes no encajan en federación alguna (el federalismo pide lealtad), apuntando más bien al contradiós de la Primera República y al buen rollo de la Segunda.

El agravio, saltarín, pasa de Canarias a Teruel, que curiosamente existe. Y de cada puesta de largo toman nota cuantos pueden alegar una leyenda. O sea, todos, que aquí nadie ha nacido ayer salvo Madrid, líder del PIB y de la culpa. Y de ahí la calderilla o el centón, el collage de listos que burlan la solemnidad de la toma de posesión. Sus discursos y sus cerebros van embutidos en camisetas reivindicativas con los campanarios de sus aldeas estampados.

Hizo mal la presidenta del Congreso de los Diputados en permitir, de nuevo, las originalidades. Los parlamentarios de la calderilla debutante niegan con triquiñuelas de párvulo lo mismo que a continuación juran o prometen. Pero en la democracia y en el arte la forma es el fondo.

Nadie serio discute que estamos entre las primeras democracias del mundo en cualquier ranking aseado. Lástima que nos embarremos por culpa de la dejadez parlamentaria con que Batet afloja la laxitud del Constitucional. Una flexibilidad flexible es una nueva rigidez, y por eso ha nacido un género chico: un a modo de relato corto que sustituye a la nuda jura.

Otrosí: absténgase doña Meritxell de guarecerse bajo el nombre de Fernando de los Ríos. Los socialistas del siglo XXI conocen poco o nada a sus ancestros. «En España, lo verdaderamente revolucionario es el respeto», citó. En la época de don Fernando, desde luego.

Hoy la frasecita es una china que se tira a los únicos que respetan la Constitución, entre los que no se cuenta, por cierto, el PSC de Batet, diseñador del no-modelo territorial del PSOE. Por analogía de tendencias izquierdistas, debería prescindir la presidenta del profesor De los Ríos y evocar a Araquistáin y a Álvarez del Vayo. Dos que serían más del gusto de sus socios neocomunistas si supieran algo de elllos.

Juan Carlos Girauta ( ABC )