Jalear el guerracivilismo es un error estratégico que los españoles no merecen, lo haga quien lo haga. Estamos acostumbrados a que lo ejerza la izquierda, especialmente Podemos y singularmente su líder, Pablo Iglesias. Por desgracia, Vox acaba de caer en la misma deriva, al asegurar que los actos vandálicos contra una estatua de Largo Caballero son el «primer aviso».

Resulta inquietante, después de un primer aviso puede venir el segundo, más agresivo. Y ese no es el camino. Cuando ETA asesinaba a centenares de españoles, los demócratas no amenazábamos con que los terroristas pudieran recibir «avisos» ajenos a la legalidad.

Vox es un partido constitucional con 3,5 millones de votos; su discurso rupturista utilizó dogmas para oponerse al populismo de Podemos, y eso le granjeó un notable apoyo ciudadano. Pero Vox ya no es un partido extraparlamentario sino la tercera fuerza política, si quiere ser respetado debe hacerse respetar, y eso pasa por no replicar las virulencias gestuales de la izquierda radical, ni siquiera como justificación defensiva.

Lo que está mal se denuncia, y se le responde con firmeza dentro de la ley, sin avisos amenazantes ni imitando el cainismo del contrario. Al final, es el Gobierno de Sánchez quien gana porque su política se basa en el revanchismo, en el cuerpo a cuerpo ideológico, y en la provocación obsesiva para fragmentar a la ciudadanía.

Por eso, cuando Vox aplaude una pintada en la que se amenaza al Gobierno con un inquietante «primer aviso», es porque algo serio empieza a fallar en una democracia construida sobre la reconciliación y la moderación. Entrar en la coacción de Sánchez o de sus socios es darles la razón.

El matonismo es perverso más allá de que Podemos lo cultive con profusión. España no necesita más amenazas ni guerracivilismo; que Sánchez lo practique no significa que debamos dar por perdida la democracia.

ABC