NO PIDIÉNDOLO LAS VÍCTIMAS

Imaginen que por vínculos profesionales o personales fueran ustedes invitados al homenaje a unas personas fallecidas y que la asistencia a ese acto les obligara a coincidir con alguien a quien no desean ver, con quien mantienen un fuerte desacuerdo o de quien conservan un agravio durante mucho tiempo. Quizás surgiera la tentación inicial de escabullirse, pero sobre ella se elevarían algunas rigurosas voces íntimas: el sentido del deber, la obligación de corresponder a la persona u organismo que nos invitara y, sobre todo, la memoria de las personas fallecidas.

La fuerza de esas tres razones juntas (el vínculo personal o sentido del deber, la correspondencia a la invitación y la memoria de los muertos) es tan grande que ¿qué puede justificar desatenderla?

¿Qué tipo de inquina o desacuerdo con un tercero podría hacernos incumplir ese conjunto de obligaciones? Debería de tratarse de una querella más fuerte que todo lo mencionado.

¿Y cómo habría de ser, además, si la causa de la muerte fuera especial: el terror, con su amenaza explícita de nuevos atentados? La razón para no acudir tendría que ser una aversión delirante. ¿Y qué cotas alcanzaría esa hostilidad para que no importara que representantes de las víctimas homenajeadas nos pidieran olvidar las rencillas y reivindicaciones personales, las «cuestiones políticas»?

Y ese sentimiento de odio es lo que lleva a la CUP y a ANC, dos organizaciones de reducidísima capacidad democrática, a boicotear al Rey, es decir, al jefe del Estado, en el acto de hoy en Barcelona. Ese odio explica que durante el último año las muestras de dolor o indignación independentista con el 1-O hayan ocupado mucho más espacio doliente y reivindicativo que la carnicería del 17-A. El rencor patológico de estas fuerzas políticas se concreta en el Rey, que molesta no tanto por lo que tiene de monárquico como por lo que tiene de símbolo unitario.

Hughes ( ABC )