NO PODEMOS RESIGNARNOS

La celebración del Día del Trabajo ha coincidido con la amarga previsión de que acabaremos el año con una tasa brutal del 19% de paro. Es lógico que los sindicatos hayan pedido al Gobierno medidas para frenar esa sangría, inversiones públicas y mejora de las redes de protección social.

Todo será poco para mitigar este tremendo daño, no sólo en términos estrictamente económicos sino también como drama personal y social. Pero no es solo cuestión de agitarse sino de afinar el tiro.

Por ejemplo, es preocupante que algunas voces sindicales y políticas propugnen la nacionalización como panacea para superar esta crisis, mientras se abandona a su suerte a miles de pequeñas y medianas empresas. La destrucción de ese tejido vivo de producción y de convivencia es algo que como sociedad no nos podemos permitir.

La ocasión es oportuna para plantear el futuro del trabajo más allá del horizonte de la pandemia.

No pocos expertos dibujan un escenario en el que la franja de población que trabaje será cada vez más estrecha debido a los procesos de digitalización y robotización.

Eso conllevaría una crisis de nuestro modelo actual de bienestar y plantearía la necesidad de mantener subvencionados, de manera estable, a sectores cada vez más amplios de la población, con consecuencias culturales y morales inquietantes.

Algunos pueden sonreír con ironía cuando se les recuerda la profecía de un Papa que trabajó como obrero bajo un régimen totalitario, para quien el trabajo está íntimamente ligado al «cuidado del ser», porque contribuye a construir a la propia persona y sus relaciones con la comunidad. Es una perspectiva más necesaria que nunca.

No podemos resignarnos a vivir en un país donde cada vez más personas no vivan de un trabajo digno. Y para eso hacen falta flexibilidad e innovación, concertar las energías del Estado, del mercado y de un capital comunitario cuya riqueza hemos visto estos días y que no podemos despreciar frívolamente.

José Luis Restán ( ABC )

viñeta de Linda Galmor