Fue en la década de los 60 y coincidiendo con alguno de los momentos más calientes de la Guerra Fría cuando supe del primer vaticinio apocalíptico: el petróleo se acababa.
Lo recuerdo perfectamente porque papá acababa de firmar 36 letras del «Seilla» Catorce Treinta, y yo con el casillero del numeral todavía en singular sentí penita por él.
¡Hay que ver lo fácil que se manipula la mente infantil!.
Daban incluso una fecha límite: 1988.
Luego llegaría oportuno Mad Max e iría ajustando el calendario… pero ahí quedó el arranque del pánico social al porvenir.
En fín… no me alargaré que no es el asunto, pero con los años fueron informando de otras calamidades inminentes: la Capa de Ozono (por cierto ¿sabían que se ha regenerado?), el deshielo de Los Polos, la muerte de Chanquete…
Dos décadas y un par de años después del «Colapso del Sistema Informático» (ese que nunca pasó), la humanidad vuelve a encontrarse en una encrucijada de proporciones devastadoras: el Cambio Climático.
Asuntillo convenientemente envuelto en papel de regalo que ¡esta vez sí! nos reducirá a todos a calderilla cúal triceratops.
Hay plazos, of course, ¡siempre hay plazos! porque el riesgo de fiar la apuesta a las horas contadas entraña que el populacho pudiera o pudiese tirar de heroismo, ergo: desesperación, haciendo causa común con el lema demoledor: para lo que me queda dentro me cago en el convento.
En esta ocasión el big bang se ha programado para el 2050, pero ¡oigan! todavía estamos a tiempo de salvarnos: la Agenda 2030.
¡Albricias!, menos mal, ¡con la de plancha que me queda!.
Y… ¿que es la A-2030?.
Pues cómo su propio nombre indica una autovia, y cómo todas ellas de una sola dirección: aquel que circule en sentido contrario será declarado «piloto suicida».
Para los que aún no lo hayan visto: la A-2030 son las Tablas de Moises, el Pentateuco, el Génesis, es Abraham, y también es Mahoma en la cueva donde le fuera dictado al celebre camellero El Corán por el mismísimo Alá.
La 2030 tal que cualquier religión promete la vida eterna, y cómo las clásicas «solo» exige a cambio un pequeño compromiso social:
Has dejado de comer ternera. También jamón. Las granjas y la ganadería son perniciosas, pero zamparte unas polillas al curry es la ostia, y además te mantiene en tu tara ideal.
Pondrás la lavadora a las 2 de la mañana y el aire acondicionado a temperaturas que desaconsejan incluso los médicos.
Te duchas y te informan de los minutos que dura el enjuague perfecto de un sobaco, también de la temperatura.
Las bicicletas fijarán a la gente en su entorno, cómo antaño los mulos. Y automóviles, barcos y aviones serán declarados obsoletos: mejor paletos que viajados.
La sociedad que proyecta la Agenda será asexuada, ductil, monócroma, pusilánime, dependiente y polichinela.
Y los muy hijos de puta lo llaman «progreso».
Siempre desde que la memoria me alcanza pasé calor en julio y frío en febrero.
No seré yo, desde luego, no seré yo quién salve el planeta.
Tengo cosas más importantes que hacer.
Juan Antonio López Larrea ( El Correo de España )