No tenían nada que contar

España es un país en el que la mitad de sus ciudadanos son unos sobrevivientes que caminan con la memoria cargada de recueros infaustos y  trabajan cada día por evitar que se repitan. Luego están varios cuartos variopintos de una población, que aunque los matemáticos saben calcular con exactitud, para mí son porciones numéricas indefinidas, no solo en su cantidad sino también en su concepción vital.

La gente de mi generación conserva en su memoria emocional y visual  recuerdos grabados unas veces a sangre, otras a fuego, y otras muchas a lágrimas de felicidad.

Hemos vivido el final de una dictadura, el comienzo de la democracia, la reconciliación de las dos Españas, el olor a pólvora quemada, las primeras bocanadas de aire fresco, el abandono de la boina y el traje gris marengo, la conquista de la modernidad, y  el reconocimiento de nuestros logros culturales, científicos, políticos y sociales. Teníamos hambre atrasada y queríamos mirar a los ojos de los que nos llevaban años de ventaja, y no avergonzarnos.

Pero todas las historias bonitas acaban pronto porque como bien sabe la gente inteligente y experimentada que me lee,  solo en el sexo, y no siempre, existe un final feliz.

La imaginación de Dios no fue suficiente cuando castigó a los egipcios con  las diez plagas famosas de las que habla el Éxodo, pero con el tiempo fue aprendiendo y ahora que ya sabe hacer las cosas mejor nos ha castigado a nosotros con un diluvio de mierda, aunque no creo que haya acertado del todo porque hay quienes lo agradecen.

La corrupción en España es endémica y la estupidez epidémica, y con un personal tan cualificado existen pocas esperanzas de que  levantemos cabeza porque, cuando un chorizo es sustituido por un zopenco,  el cuadrúpedo acaba por imitar sus vicios.

No me sirve de consuelo comprobar que en otros países de esta Europa en demolición suceden cosas similares, ni  tampoco que la gente de esos pagos y de los nuestros que no tiene vocación de suicida siga haciendo lo posible porque pervivan cosas de tanto valor como la paz, la convivencia y el respeto a la diversidad.

Echo de menos las antiguas barracas de feria en las que por unos chavos podías desahogarte golpeando un muñeco o disparando perdigones contra una rueda en movimiento a la que pegaban el premio. Ahora esos entretenimientos son mariconadas de antaño. Lo que mola es destruir de verdad al que no piensa como tú, porque herirlo es insuficiente.

No sé si  todo esto sucede porque los que promueven esta nueva forma de romper la convivencia  son  gente de otra generación, carecen de memoria y no tienen nada digno que contar.

Diego Armario