En la actualidad, lo dominante en la cultura europea es el pensamiento LGTBI. Analizando a los organizadores de la LGTBI y a sus programas, que preconizan una instrucción de espanto para la infancia, describiendo el horror de sus maestros desviados y sus escuelas pervertidoras, uno abomina de tal descarrío y añora los tiempos en que se deseaba que la curiosidad del niño, su generosidad y su libertad se despertara mediante ejemplos y enseñanzas para el perfecto desarrollo de su cuerpo y de su espíritu.

Tiempos en los que se aunaban en la instrucción la educación moral y religiosa, para hacer de él un ser humano en el más alto de los sentidos, fuera cual fuese su condición social. Educadores o consejeros humanistas tratando de resolver el eterno problema entre las instituciones humanas y las reglas éticas que deben observarse en el gobierno de la sociedad. Porque a diferencia de Maquiavelo, pretendían enjuiciar la política y la vida no sólo desde el punto de vista de la eficacia del poder y del dinero, sino desde el punto de vista moral.

Como aquí y ahora se tiene en más a la perversión que a la virtud, la educación de la infancia, bajo las directrices del NOM, no es precisamente un espejo donde se mira la honestidad y la prudencia, sino donde se refleja el tenebroso edificio de libertinaje que la poderosa mafia rosa ha alzado por medio de financiaciones y adoctrinamientos sin fin.

En vez de que las autoridades exijan a los educadores que muestren solicitud, comprensión, ternura, paciencia e industria con los niños, tratando de enderezar las tiernas varas de su juventud, porque no se tuerzan en el camino hacia la excelencia, nos encontramos con bandas oficiales e impunes de pederastas acechando como buitres su inocencia.

No se riñe a los niños con lucidez y sosiego, ni se les castiga con talento y misericordia, ni se les sobrelleva con abnegación y cordura, ni se les anima con nobles ejemplos; antes, al contrario, se les pinta como algo atractivo la fealdad y el horror de los vicios, para que, aborrecida la virtud y amada la depravación, consigan los indecentes, desde sus corruptas instituciones y lóbis, el extravío y desenfreno de sus objetivos.

A expensas de la tristeza venérea del pervertido y de sus turbios fines, hoy se está educando o pretendiendo educar a los inoculados niños LGTBI de las parejas progres y tediosas a punto de divorciarse o de las parejas normales que callan y otorgan, mediante un acopio de despropósitos sexuales, insistiendo con inequívoca intención en aquello de que «el cuerpo es un instrumento de vida; no lo mantengas prisionero». Y sin hacer ninguna referencia, como digo, ni al alma ni a la virtud, ni por supuesto al respeto que merece la inocencia de sus pocos años.

Ni siquiera en este aspecto, que debiera ser sagrado para cualquier persona de bien, como es la protección de los más inocentes y desvalidos, la multitud es capaz de reaccionar. Por el contrario, sigue ignorando los numerosos síntomas del enfermo, las nefandas realidades que salen diariamente a nuestro encuentro, por lo que, aun conociendo el poder de la mafia rosa, debemos preguntarnos si son tantos los clientes del espanto, los ciegos ideológicos, los sectarios; si tan dilatados son los intereses creados, las naturalezas malévolas que gozan con la desolación.

Si tantos millones viven de las ubres del Estado, y de sus excrecencias en forma de subsidios y lóbis, para que sean tan abundantes los españoles ciegos, y tan asquerosos que sean capaces de consentir a tanto activista libertino y convivir con ellos.

El caso es que en las atalayas no hay vigilantes, nadie controla o detiene a los bandidos ni puede o quiere denunciarlos. Los instalados, defensores y aprovechados de la repugnante cultura LGTBI, no sólo se refocilan con la esperanza de poseer un serrallo infantil a disposición de su desviada naturaleza, sino que, disimulando su nauseabunda condición y ocultando su repulsiva intención bajo apariencias de servicio y amor a la infancia, están empeñados en adormecer definitivamente a la ciudadanía, condenando definitivamente de paso a la parte sana del pueblo, esa minoría que denuncia su morbidez en espera de la señal última para iniciar la imprescindible purificación de las costumbres, la nueva reconquista moral.

Pero los espíritus libres no van a renunciar al desenmascaramiento de cualquier mafia siniestra, en particular de estas sectas rosas depredadoras y globalistas, acogedoras de naturalezas monstruosas, de adeptos espeluznantes.

A la hora de denunciar el vicio, muérdase la lengua el diablo, que las gentes de bien no quieren mordérsela, porque frente a esos vestigios de inhumanidad y, al contrario que ellos, su inclinación es amparar y defender de los poderosos, soberbios y dementes, a los humildes y a los que poco pueden, obra que, aunque hoy desprestigiada y en desuso, encierra una gran virtud.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )