NORMALIDAD POCO NORMAL

Cuando oí el sintagma por primera vez, no recuerdo si a Sánchez o a uno de sus palmeros, me sonó a eslogan publicitario. «Nueva normalidad», como new vogue, new age, new man, new economy o new look, intentan hacer nuevo algo viejo, es decir, dar gato por liebre.

Pero pronto me di cuenta de que había detrás una contradicción y, encima, de las gordas. En estos casos, lo primero que hago es ir al Diccionario de la Real Academia Española, abrevadero de tantas dudas, donde encuentro una sola entrada para normalidad: «Cualidad o condición de normal». Para normal, en cambio, encuentro nueve.

Las más importantes: «Lo que se halla en su estado natural», «lo que sirve de norma o regla» y «lo que por su forma se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano». Lo que significa que «nueva normalidad» es un camelo, ya que si es nueva, no es normal, ni se ajusta a normas fijadas de antemano, ni, menos, puede servir de norma o regla.

Miren ustedes como la nueva normalidad que anuncia el Gobierno Sánchez es muy poco normal, hasta el punto de poder considerársela un timo, un fraude, una engañifa, al no poder serlo. Y a poco que sigamos pensando, resulta lógico: lo normal era lo anterior a la declaración del estado de alarma: poder salir a la calle cuando quisieras, a la hora que te petara, ir adónde te diera la gana, detenerte ante los escaparates o charlar con el conocido que te encontrases.

Mientras no poder hacerlo, estar encerrado en casa por orden gubernativa, un día tras otro hasta mes y medio no es normal ni nada que se le parezca. Es un estado de sitio más que de alarma, autorizado en situaciones especiales, que sin duda se dan en caso de pandemia, pero que no nos vengan con el cuento de la nueva normalidad porque eso es tomarnos por niños o bobos.

Acepto que se limiten las salidas a la calle de los españoles como único medio de frenar una pandemia que nos sitúa en segundo lugar de víctimas por millón de habitantes, al no haberla frenado el Gobierno en su principio.

Pero lo que no puedo consentir, ni aguantar ni aceptar es que cada poco salgan los palmeros del Gobierno a largarnos unos rollos macabeos en los que no puede faltar: que han hecho todo lo posible para frenar la epidemia. Que hemos comprado más mascarillas y hecho más test que nadie. Que empezamos a doblar la curva.

Que no dejarán a nadie detrás, para lo que se necesita cara, con más de 25.000 muertos. Y, encima, cuando se le antoja al señorito, se planta ante la cámara para decir lo mismo, en tono conminatorio. Sin respetar telediarios, que ocupan, ni las series favoritas.

Con que se limitaran a darnos el número de muertos, de contagiados y de dados de alta cada día (pero que fueran reales) bastaba. Esa reiterada agresión televisiva me parece más grave que lo de Trump sugiriendo beber lejía.

A fin de cuentas, los norteamericanos le eligieron, entre otras cosas, para reírse un poco, que falta les hace, como a todos.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor