NOTRE DAME

En estos tiempos en que el fuego del alma católica languidece, se desmoronó ayer Notre Dame, ese gran icono de la Francia católica y ejemplo -sin competencia- de la docena de grandes construcciones religiosas de Europa.

Ardió casi como dolorosa metáfora de los desequilibrios y crisis que viven los valores occidentales, esos que tanto nos han hecho progresar y que ahora cuestionamos. Las catedrales, y también los templos más humildes, son una demostración en piedra de cuanto encarna el catolicismo: muros abiertos a todos, guardando el misterio que solo desentraña la fe pero, al mismo tiempo, evidencia incontestable de la fragilidad humana.

En todo incendio interviene un componente de azar. Ya veremos, cuando se esclarezcan las causas, cuál fue el verdadero origen de la desgracia de este Lunes Santo. Sin embargo, más allá de los secretos que las llamas puedan ocultar, el suceso se convierte en un aldabonazo para este Occidente tecnificado y pragmático, dispuesto a perderlo todo por una superioridad presentista mal entendida.

Las grandiosas basílicas de la Cristiandad también pueden arder en medio de nuestra soberbia.

El Astrolabio ( ABC )