Una sensación de hiperrealidad nos invade desde hace ya casi dos años. Todo empezó con aquella comparecencia televisada de Pedro Sánchez, el 14 de marzo de 2020, cuando anunció el comienzo del primer estado de alarma y de los primeros confinamientos domiciliarios obligatorios que habíamos conocido en nuestra vida.
Por primera vez, encerrados en nuestras casas, con permiso solamente para bajar a comprar o para ir al hospital, por un bichito invisible del que nadie sabía nada, salvo su evidente capacidad destructiva. Desde entonces, nada ha vuelto a ser normal, a pesar de que la pandemia ha pasado por distintas etapas, y de que algunos expertos se aventuran ya a pronosticar que podemos estar ante sus últimos episodios graves.
Desde aquel frío mes de marzo de 2020, hemos perdido mucho más que 90.000 compatriotas víctimas de la pandemia. Hemos perdido libertad, hemos perdido derechos, confianza y seguridad en los poderes públicos, y esperanza en una pronta recuperación.
Lo que tenemos es una economía devastada, un Gobierno que se ha envalentonado y cada vez tiene menos obstáculos para sus planes de ingeniería social, una patronal que se alía con los sindicatos para perjudicar a las empresas y a los trabajadores, y, en general, unas instituciones que han entrado en una crisis irreparable. Una crisis de identidad que es similar a la que tenemos el conjunto de los ciudadanos. No sabemos ni de dónde venimos ni, sobre todo, a dónde vamos.
Siempre que comienza un nuevo año es normal preguntarse por las expectativas que se tienen a nivel personal y colectivo. Y naturalmente, la gracia de la Fe, ese regalo de Dios que nosotros regamos con la oración, debe conducirnos siempre a la esperanza de que este tiempo sombrío y bajo el signo de Satán nos traiga un tiempo nuevo, alumbrado por Cristo, donde la Patria, el Pan y la Justicia barran esta cochambre masónica que ha aprovechado la pandemia para instalarse entre nosotros.
Porque la impresión que tenemos muchos españoles es que este Gobierno (ilegítimo de origen y de ejercicio), ha aprovechado la presunta lucha contra el virus para imponernos una agenda en parte suya, y en parte también globalista.
Ustedes saben, por ejemplo, que los dos estados de alarma han sido declarados ilegales por los más altos tribunales. Un hecho como ese, hace algunos años, habría supuesto, naturalmente, la dimisión inmediata de un gobierno y la convocatoria de elecciones anticipadas; aquí no ha pasado absolutamente nada.
Ustedes saben que hemos llegado a pagar la luz, hace unos días, a 400 € el megavatio/hora, que tenemos una inflación cercana al 7%, la más alta de los últimos 30 años; que la mitad de los españoles hemos perdido poder adquisitivo en 2021.
Que siguen las colas del hambre en los comedores de Cáritas, que hay familias instaladas en la pobreza con serias dificultades para subsistir. Pero este Gobierno presume de ser el más social de la historia, el que no iba a dejar a nadie atrás, el que iba a dar el Ingreso Mínimo Vital, que ni ha llegado, ni llega, ni llegará a casi nadie.
Es un Gobierno fake, con un presidente fake que sobrevive gracias a una prensa pagada, subvencionada, y por tanto, prostituida en su función primordial, que es la defensa de la verdad y el servicio a la sociedad. Una prensa engordada con dinero público que, en plena pandemia, con nuestros derechos y libertades entre paréntesis, tuvo la poca vergüenza de envolverse en una doble página repugnante, con cargo al erario público, en cuya portada podía leerse «Salimos más fuertes».
Cuando aquí los únicos que han salido de verdad reforzados han sido Pedro Sánchez y su poder absoluto, Pablo Iglesias en su nueva vida de pequeño burgués ahora con pelito corto, pendiente y polos de marca; y por supuesto Yolandísima, confidente del papa Francisco y nuevo referente de la expoliada clase obrera.
Pero hay otra España y otra realidad. La única realidad, porque la que les acabo de describir es una distopía materializada. Esa otra España tiene los ojos abiertos, el corazón ardiente y un enorme deseo de que alguien los conduzca a una rebelión que ya toca. Esa rebelión debe tener como principal objetivo la restitución de la verdad.
Y, a partir de ella, la reconstrucción moral, social y económica de la nación española. Esa verdad sólo puede estar orientada por la adoración a Cristo y por la exigencia del pueblo español de una clase dirigente limpia y con vocación de servicio. Apártense los que no estén dispuestos a serlo. Porque, como pasó en otros momentos de la Historia, si nadie es capaz de liderar a los españoles, será el propio pueblo quien lo haga.
No quiero cerrar este primer artículo de 2022 sin acordarme de 14 hombres y mujeres ejemplares. Son los patriotas de Blanquerna. En ellos reside, como en las víctimas del terrorismo etarra, la poca dignidad que le queda al actual pueblo español, tan entretenido en telefonitos y pantallitas.
Esos 14 patriotas que han sido juzgados y condenados, algunos encarcelados, por el terrible delito de decir que Cataluña es España en un nido de golpistas, enemigos de la Patria, reunidos en su sede madrileña. No estáis solos, patriotas; no os vamos a abandonar anta la terrible injusticia que se ha cometido con vosotros.
Aquí estaremos algunos, aunque seamos muy pocos, para levantar esa bandera que vosotros llevásteis con honor a aquella cueva de rufianes. Porque, ya lo ven, en la España de hoy, se puede ser un héroe y estar en la cárcel, o estar en el Congreso y ser un rufián.
Rafael Nieto ( El Correo de España )