NUESTRA HISTORIA, CON LA CABEZA ALTA

Aprovechando la fluidez de nuestro canal diplomático con Washington y al hilo de las recientes amenazas del secretario del Tesoro norteamericano sobre la aplicación en España de la tasa Google, el Gobierno de Pedro Sánchez bien podría hacerse el ofendido por lo que está sucediendo en Estados Unidos con Cristóbal Colón, Juan de Oñate o Isabel de Castilla.

Cada uno protege lo que tiene y lo que considera más beneficioso para los suyos, pero para hacerlo no solo hay que tomar conciencia del valor de lo material, sino de lo intangible, y tener amor propio, que es lo que Estados Unidos muestra cuando, a falta de un pasado que se les queda corto y que no es muy presentable, intenta blindar su futuro con una negociación inspirada en la que llevó a cabo con los mismos indios que se encontró Oñate. Ahora, mientras echan pestes de los mexicanos, sus acogedores anfitriones se acuerdan de los apaches y de los navajos.

De nada sirve organizar una campaña internacional para relanzar la imagen de España desde la galería central del Museo del Prado si antes no nos atrevemos a defender lo que cuentan sus lienzos, más de la mitad de los cuales serían censurados y descolgados por quienes en nombre de la libertad y de los derechos de los negros expulsan ahora de sus ciudades a Isabel la Católica, que era una santa en comparación con lo que se hospeda, gente de mucha raza, en la pinacoteca.

Dijo ayer el Rey, a cuyo inmejorable cartel publicitario recurre el Ejecutivo como el que se acuerda de santa Bárbara cuando truena y no tiene con qué taparse, que las paredes del Prado «acogen siglos de cultura, un patrimonio de todos que representa a la perfección la aportación de España a la historia de la civilización universal». No es mal comienzo para una carta de presentación y queja.

La puede escribir cualquiera y la debería firmar Pedro Sánchez, como si fuera una tesis suya.

Jesús Lillo ( ABC )