Por ahora sólo escuchamos el sonido de las bombas a través de los informativos de la televisión, y de vez en cuando vemos en mitad de la calle algunos cadáveres de hombres, mujeres, niños o viejos que han sido abatidos por las balas o los trozos de metralla que escupen las armas inteligentes fabricadas por seres estúpidos en un contra dios que las víctimas no entienden.

Los muertos vuelven a ser un número y los ataúdes se amontonan en una zanja que oculta el cuerpo roto y la cara destrozada de las víctimas, porque su imagen constituye una mala propaganda para quienes los matan y para los que no han podido evitar sus muertes.

Han pasado dos semanas desde el momento en el que Vladimir Putin dio la orden de arrasar Ucrania y de encarcelar a los rusos que se atrevieran a manifestarse contra su guerra, y desde entonces se repiten las imágenes de dos pueblos víctimas de una misma irracionalidad. 

Lo peor de todo esto es que, salvo las víctimas, los espectadores el resto del mundo se acaban acostumbrando a la rutina de la destrucción y la muerte. Lo testimonios dejan de impresionarnos porque ya los hemos escuchado muchas veces, y da la sensación que algunas de las mujeres y hombres que salen en la tele contando sus buenas acciones han descubierto una vocación de comentaristas que desconocían porque algunos hasta sonríen cuando cuentan esas desgracias ajenas.

La guerra es una puta mierda que los seres humanos somos los únicos capaces de hacer realidad y que solo nos sorprende cuando la vemos cerca de nuestras fronteras y casas. Esta vez no nos pilla tan lejos y tienen razón quienes nos recuerdan que hemos sido indiferentes al dolor y las injusticias que han soportados en otras guerras ciudadanos de países y culturas más lejanas a nuestro hábitat cultural y económico.

Hoy las mujeres que huyen son rubias, sus hijos tienen los ojos claros y sus hombres fuertes. Se parecen más a nosotros, tienen una cultura y unos valores que nos resultan cercanos y el agresor ha sido durante muchos años nuestro hijo de puta con el que hemos hecho negocios y acogido sus yates en nuestras playas.

Estos días el sector turístico lamenta que no vengan los rusos ricos en verano. De los otros menos adinerados…ni hablan.

Todas las guerras son infames, y no crean que quiero lavar mi conciencia de ciudadanos europeo por el olvido emocional que tenemos con los ciudadanos víctimas de otros conflictos. Estoy con el pueblo de Ucrania, pero tenía que decir que hay más hijos de Putin en otros lugares de este mundo injusto y cruel.

Diego Armario