NUESTRO JÖRG HAIDER

Quim Torra invita a la caricatura. Los periódicos hablan de él como de un títere, una marioneta o un hombre de paja. Cuentan que Carles Puigdemont le ha impedido ocupar su despacho y que adosó a su nominación la etiqueta de provisional en un vídeo humillante. Pareciera que Torra comparte la vocación de aquel pelota corporativo de los Pantomima Full: «Sí, sí, me han ascendido, las condiciones son las mismas pero me dan más responsabilidad».

Por el momento Torra es el que se prestó a la indignidad que Elsa Artadi no pudo aceptar, pero la experiencia histórica invita a la prudencia. Hay demasiados ejemplos de títeres que terminaron emancipándose de su titiritero. Un ejemplo muy próximo es Puigdemont, un presidente circunstancial que terminó convertido en providencial. Hay casos más grandiosos, como el de Vladimir Putin, que encarceló a todos los oligarcas que vieron en él a un mullido hombre de paja. El cargo concede poder a la firma y la tentación es poderosa.

Tomarse en serio a Torra es tomarse en serio sus textos y eso, más que grotesco, resulta aterrador. Su prosa es intercambiable con la de un Umberto Bossi, fundador de la Liga Norte italiana. Se inscribe en la peor tradición política del nacionalismo catalán, y esto es decir mucho, la que procede de las Fuetadas -latigazos de odio, antecedentes del tuit– que Vicenç Albert Ballester, padre de la estelada, publicaba en La Tralla a principios del siglo XX bajo el seudónimo Vic y Me, apócope de Viva la independencia de Cataluña y muera España. La concepción de la convivencia, la política y la vida de Quim Torra es la que permite a la siempre sensible prensa europea titular alarmada Auge de la ultraderecha cuando un Jörg Haider gana las elecciones en la región austriaca de Carintia. Ambos, Torra y el fallecido Haider, comparten idéntico odio al bilingüismo.

En España, donde acaba de disolverse el último grupo terrorista etnicista de Europa, el umbral de la tolerancia con las pedagogías del odio está lejísimos, como demuestra la respetabilidad cultural y política de la que ha gozado el nacionalismo. La idea que Jordi Pujol guarda de los andaluces como «seres destruidos» se despachó como una extravagancia, igual que la gravedad de los desahogos supremacistas de Aberri Eguna de Joseba Egibar eran rebajados con aquello de «son mensajes de consumo interno».

Quim Torra cree que los españoles son sucios, locos, vagos y expoliadores. Considera, además, que son infecciosos para la raza catalana, esforzada y cumplidora. Hay dos ideas esenciales en su discurso: nada debe sustraerse al hecho nacional y no basta con vivir, ni siquiera con haber nacido, en Cataluña para ser catalán. Torra cree que en Cataluña conviven dos realidades nacionales y que ha de ser la catalana la que prevalezca, por más que, según su concepción, los catalanes son muy minoritarios en Cataluña.

Estos dos vectores de su pensamiento político están perfectamente concentrados en una frase de un artículo suyo publicado en 2012 en un medio digital: «Cuando se decide no hablar en catalán se está decidiendo dar la espalda a Cataluña». El idioma es un triunfo de la voluntad, igual que la extranjería es su derrota. El fascismo se parece a esto. Hoy es un buen día para que la prensa europea recupere los titulares con los que recibía a Haider.

El discurso del Pleno de investidura del sábado fue una declaración de guerra al Estado: «Seremos leales al mandato del 1 de octubre, construir un Estado independiente en Cataluña». Compárese lo dicho por Quim Torra desde la tribuna con el discurso de la investidura frustrada de Jordi Turull para advertir la dimensión del envite. «No tendremos ninguna excusa para no trabajar sin descanso por la república», aseguró Torra antes de expresar su vocación de martirio.

Jean-Claude Juncker le gusta bromear con los elementos más radicales que ha de sobrellevar en las instituciones europeas. Hace unos días saludaba a la romana al húngaro Orban y lo anunciaba como «ahí viene el dictador», poco después protagonizaba una divertida escena con Farage en los escaños del Europarlamento. Quim Torra dirigió una parte de su discurso al presidente de la Comisión. Aquí tiene Juncker a uno más del divertido club de los ultras.

Rafa LaTorre ( El Mundo )

Quim Torra (centro), acompañado de Francesc de Dalmases (izquierda) y Eduard Pujol, también diputados de JxCat, el sábado tras su primer discurso. ANTONIO MORENO