NUEVA NORMALIDAD: ORDEN NUEVO

Los golpes de verdad duros tardan en apreciarse. Uno sigue en pie, como si se tratara de otra más de las innúmeras bofetadas. Piensa que, pese a todo, su vida va a seguir siendo la misma. Finge hablar como siempre, repetir gestos idénticos, mismas liturgias.

Luego, un día, sin que nada explique por qué en ese momento, bajo sus pies el suelo se abre. Cae fulminado por una evidencia: la de que su mundo no existe. Ya. Ni, con su mundo, queda nada de lo que él fue.

Y eso está en todo ahora. Al menos cuarenta mil familias españolas han perdido a alguna de las personas a las que amaban: de preferencia, padres y abuelos. En tanto, las cadenas audiovisuales dispensaban a cubos optimismos de patio de colegio y risa maravillosamente estúpida. Hasta el luto nos han arrebatado esas máquinas descerebradas al servicio de un poder homicida.

Pero el luto eludido retorna siempre. Y la difusa, la universal melancolía que nos acosa a todos, es más devastadora precisamente porque dice, sin poder ponerle palabras, el dolor de aquellos a quienes les fue vetado aun el dolor fundamental de enterrar a sus muertos en el momento y en el modo justos.

«Volveremos a ser los de antes», salmodia un poder más desalmado de cuanto mis setenta años me hayan dado a contemplar. Es mentira, desde luego: nada vuelve nunca; el tiempo, que es la única materia en la cual está tejido un hombre, no da marcha atrás. «Una sola vez», dictaminaba Heráclito, «nos sumergimos en las mismas aguas del mismo río».

Y eso impone entidad moral a cada una de nuestras acciones: que son irreparables. Nada volverá nunca; esto que hicimos lo hicimos para toda la eternidad, y para toda la eternidad somos sus responsables; éste al cual perdimos, no lo recobraremos nunca. Y nos quedará el dolor intenso de saberlo irrecuperable.

Y ese dolor será siempre su presencia en nosotros: y nos hará vivir en su recuerdo. Para eso sirve el luto: para fijar el ácido espejeo de lo ido y lo recordado. Nadie puede renunciar a ese duelo sin desalmarse.

¿Saldremos? Sí, claro. ¿Cómo? Vendrá otro mundo. Del anterior, del que fue nuestro, quedará nuestra memoria. Y la sabiduría básica de no mentirnos con imposibles retornos. La mayor y más dura dictadura del planeta, China -y a su socaire parte de Asia-, emerge ahora convertida en la primera potencia que estaba destinada a ser en medio siglo: las catástrofes, es sabido, aceleran los tiempos históricos.

Europa, que disfrutó del lujo de prescindir de fábricas contaminantes, se despierta desnuda: en lo militar, como en lo sanitario, como en lo energético, el continente se asoma a su destino de vivir en dependencia. Todo, en los Estados Unidos, favorece la hipótesis de un cierre autárquico.

Y, en todas partes y en distintos grados, habrá llegado la hora de esa «nueva normalidad» de los Estados autoritarios, hoy populistas. No, nunca más seremos lo que fuimos en aquel tiempo de libertad y euforia que cerró el siglo veinte.

Sepamos decirle adiós. Aprendamos a añorarlo.

Gabriel Albiac ( ABC )