Hace años, en aquel congreso pletórico de euforia marianista, no pocos estimaron que aquello había sido un aquelarre digno de las elecciones de candidatos de los congresos de los partidos comunistas del Este.

Siempre se puede ir un poco más allá, y, para conmemorar por lo visto el día de la Victoria (la de 1939 proscrita por el PP), han organizado una nueva versión mejorada de los congresos comunistas para exaltar a la jefatura del partido al más que pretendido aspirante, al hombre de la «duda hamletiana» o, en versión menos intelectual, el «hombre aferrado a una margarita»: Alberto Núñez  Feijóo. El PP parece mirar con envida no sé si a Wladímir Putin –por su éxito electoral no por las bombas, no se me asusten–, pero sí a las viejas elecciones de la Unión Soviética, con su candidato único.

La nueva corte del aparato, igual que en la URSS, formada por los marginados hacia arriba (véase el caso de González Pons) y por los arrepentidos, ha orquestado, con aplausos pagados con el cargo o la recompensa, la gran farsa sevillana (algunos andan esperando que la gran purga no les alcance).

Rematada por la última ocurrencia de alguien tan vacuo como González Pons para hacer el truco de magia para mostrar la limpieza democrática del enésimo nuevo PP: una urna para que puedan votar todos los afiliados que quieran del PP. Que puedan votar, como en la URSS, al candidato único.

Candidato único, porque esa era la condición a cumplir sin la cual el príncipe de Galicia no se movería de su sitio. Y ojo, porque a partir de esa premisa toda crítica, toda disidencia, toda voz más alta que otra, desparecerá en el seno del PP. Al tiempo.

Resulta más que interesante prestar atención a cómo la maquinaría de la propaganda se ha puesto en marcha desde los medios que son próximos a Génova 13 (esa sede que iban a abandonar pero que no abandonan) y los contrarios: Feijóo es para todos el hombre esperado, el hombre querido, el hombre necesario.

Hasta en las filas de los oligarcas –también en España hay oligarcas en el IBEX y esas cosas–, que han salido escarmentados del experimento Ciudadanos, el esperado Feijóo, que en poco se parece al «divino impaciente», es el político deseado: a la vez puede ser la muleta si Sánchez repristina o su recambio (y anda pensándoselo)

En exaltar a Feijóo andan todos los pequeños intelectuales y propagandistas del PP. Causa sonrisa leer los titulares de la gira triunfal de Feijóo para poner enhiestas las bases del PP.

En Barcelona acuden 700 personas y claman «el PP resucita impulsado por Feijóo reunimos 3 veces más personas que antes»; en Murcia, pese a lo limitado del aforo del teatro, en la tierra del defenestrado Teodoro García,  que antes era para los ppmurcianos Teadoro García, hablan de 1.000 o 1.400 personas que mostraron el nuevo impulso dado por el «gran timonel»…

Y así… lo que estos propagandistas, algunos hasta politólogos de nuevo cuño, no dicen es que, si se suman los posibles «asistentes obligados», cargos y liberados (el número de alcaldes, concejales, diputados regionales, esposas y sobrinos, cargos de toda clase y condición, asesores digitales, etc., etc., etc.) verán que el PP de Feijóo sigue tan ayuno de movilización externa, de ilusión como sus antecesores.

Mienten, porque en el PP la mentira es casi consustancial a sus siglas, quienes hablan de un nuevo PP; quienes hablan de las diferencias entre Feijóo y Casado, sobre todo cuando este último decidió –ya lo tenía decidido previamente, pero tenía que disimular– seguir las tesis de Feijóo.

Feijóo es ideológicamente el PP en estado puro, el digno heredero de los que en el siglo XIX-XX se presentaban como conservadores y no eran más que «conservaduros». Cambian las palabras, pero no la esencia: lo importante es la gestión, es mejor la panza que la ideología, la ideología es cosa de la izquierda, nosotros preferimos el pragmatismo. Feijóo es el PP de la estafa ideológica.

La estafa ideológica del PP a los votantes de lo que usualmente se denominan «de derechas», a quienes asumen lo que podemos conceptualizar como los «valores tradicionales», tuvo su origen en Manuel Fraga, quien hábilmente robó la cartera a los ingenuos de la Federación de Partidos de Alianza Popular.

Manuel Fraga, cuando se le apagaron las ansias azules, al ser cesado como Ministro, pergeñó la versión española de la teoría del centro político. Él quería ser el centro, construir el centro. La historia y la ambición le llevaron a aparentar ser la derecha, porque es el espacio que le dejaron, pero para convertirla en el Centro. Proceso que culminó su alevín no deseado, José María Aznar.

Ni tan siquiera la defensa de España, tal y como la mayoría de los votantes del Partido Popular la entienden, con tirantes incluidos, era del todo real, porque por debajo de las frases mitineras, de los desplantes y los recursos para el dominio de la masa, latía otro de los fantasmas de las derechas hispanas, la tendencia regionalista (casi todos los regionalismos nacieron en la derecha).

Por eso, AP/CD y PP, en la mente de Fraga, sería el partido del federalismo asimétrico. Sin hacer ascos su nomenclatura y su burocracia a convertirse en tan inmersionistas lingüísticos como cualquier nacionalista (ejemplo de ello es Valencia, Baleares o la Galicia de Feijóo). ¿En qué se diferencia en esto Núñez Feijóo de los herederos de Pujol? En nada.

Núñez Feijóo, como Casado, como casi todos en el PP, es de aquellos que han digerido mal a Cánovas del Castillo. Para ellos, la izquierda es la intelectualidad divina, el laboratorio social perfecto, el orden moral deseable, quien otorga el ansiado carné de demócrata, y por ello jamás cambian las leyes ideológicas del socialismo.

Feijóo puede que, por su currículo, en la genuflexión hacia la izquierea vaya un poco más adelantado que el estudiante Casado: por ello su táctica, estrategia y creencia no es solo no cambiar sino en lo ideológico adelantarse a la izquierda para robarles el discurso. A los suyos, que creo que desprecia, basta con arrojarles el pan de la gestión y la economía, porque, en el fondo, los han convertido en «conservaduros».

Núñez Feijóo, como Casado, como Aznar, como Fraga, anda enfangado en las tesis de la mayoría y la leal oposición. Si no se es presidente basta con tener el título de «jefe de la oposición», esperando que llegue el ansiado cambio de turno.

Las tesis de la mayoría, de la unión de las derechas, de la casa común en el PP, del voto útil ante el diablo rojo socialista (cuyas leyes ideológicas apoya y mantiene), de ese discurso eufemístico que tan bien les ha funcionado durante décadas para aparentar lo que no son, han latido con fuerza para mantener la «estafa ideológica» a los denominados votantes de derechas. Derechas a las que Núñez Feijóo, Casado, Aznar y Fraga han escupido, porque su única intención era domesticarlas e inutilizarlas.

No existen diferencias reales entre Feijóo y Casado, no hay ni una sola diferencia ideológica o política, solo cambia la forma, porque Feijóo es un animal político y Casado un cervatillo desbocado por la ambición de la Moncloa.

Y como cervatillo Casado ha caído en la tormenta perfecta que ha allanado, por fin, el camino a Núñez Feijóo. Lo sucedido en el seno del PP es casi la traslación de un guión perfectamente escrito para que aconteciera lo que ha pasado.

Los actores se han movido tal y como se preveía, incluyendo las traiciones necesarias, y el apuñalamiento en los idus de marzo que ni Casado ni Teodoro supieron ver, quizás porque hasta Calpurnia parece que estuvo ausente. Un guión escrito para que el esperado, el deseado, cual nuevo Fernando VII, llegara como el pacificador capaz de hacer resurgir al PP como Ave Fenix.

Ahora solo le queda solucionar un problema llamado VOX.

Francisco Torres García ( El Correo de España )