O JUSTICIA, O BELGA

Nadie que siga estos comentarios dudará de mi aprecio por Arcadi Espada ni de mi poco afecto por el juez Llarena desde aquel «Tranquilos, que esto no es la Audiencia Nacional», que es para echarlo de la carrera. Sin embargo, la retirada de la Orden de Detención Internacional, que había cursado la juez Lamela, no ha sido un error, sino una obligación, si es que de lo que se trata es de que Cocomocho ande de payaso mejillonero toda su vida o acabe volviendo a España y entrando en el trullo, para criar líquenes.

La clave no es que Llarena, esta vez, renunciara a buscar Justicia, sino que Bélgica ni tiene una Justicia digna de ese nombre ni merece ser miembro de la UE; y esa es la razón por la que el cobardica del maletero se ha instalado no lejos de Molenbeek, barrio islamista desde el que salen los terroristas a medianoche -cuando la Policía ya no puede intervenir- camino de París para degollar infieles.

Hace unos días, la prensa francesa, que odia a Bélgica a pesar de Brel y Simenon, precisamente por la impunidad allí del islamismo, publicó un informe sobre la sórdida insalubridad de las prisiones de lo que no es un país sino tres semiestados, o sea, la España futura si liquida su Constitución como quiere la izquierda. Pues bien, pese a ese informe carcelario, Bélgica se ha negado a extraditar a la etarra la Pepona, con varios crímenes pendientes, porque España, dijo un juez belga, atendiendo a un abogado belga y amigo de la ETA, es una dictadura a cuyo lado las cárceles belgas, digo turcas, son hoteles de cinco estrellas.

No por casualidad, el abogado de Cocomocho es el de la etarra, y había serio peligro de que Bélgica concediera su extradición para juzgarlo por delitos menores, no por el mayor, el de rebelión, que no existe en Bélgica. Si no huyó a París o Berlín es porque lo habrían devuelto a Madrid.

El problema de fondo es que, sobre la politización del Supremo, el CGPJ y el Constitucional, Rajoy ha puesto una mina en la instrucción del caso del golpe de Estado en Cataluña, que es convocar elecciones antes de haber juzgado a los golpistas. Y como, según este Gobierno de listillos, había que evitar el victimismo nacionalista, la campaña se ha convertido en una diaria maratón de lloricas para TV3, en directo desde Bélgica.

Pero, sólo por esta vez, Llarena no ha estado de pena.

Federico Jiménez LoSantos ( El Mundo )