OCASO HEDONISTA DE UN REY

Los seres humanos somos un bicho bifronte, capaz de lo mejor y lo peor. En un momento dado, un malvado puede destaparse con un gesto de admirable heroicidad, y un santo incurrir en un error de juicio terrible. Nuestras vidas van discurriendo entre una gama de grises, a veces acertamos de pleno, y otras, como reza el vulgarismo, la cagamos con todo el equipo.

La biografía del Rey Juan Carlos I, de 82 años, supera a la más fascinante de las novelas o series a lo «The Crown». Es la historia de un príncipe que nació en el desarraigo del exilio, en un piso de Roma, en el seno de una monarquía expulsada de su país, pero que andando el tiempo culminaría dos hitos impensables: reponer a su familia en el trono de España y contribuir a traer la democracia.

En realidad la obra por la que el Rey Juan Carlos merecerá ser siempre ensalzado por los españoles discurre entre 1975 y el golpe de febrero de 1981. Apoyado en la inteligencia estratégica de Fernández-Miranda y el don de gentes de Adolfo Suárez, aquel Rey rubio y cuarentañero logra desmontar con suavidad el franquismo, anima a redactar una Constitución que sigue manteniendo su valía y renconcilia a los españoles, explicando con pocas palabras y muchos gestos que ha comenzado un tiempo nuevo y mejor. Además, cuando llegó el 23-F, uno de esos momentos que se dan una sola vez en la vida y que obligan a retratarse, supo ponerse de lado correcto de la historia y frenó el golpe.

El problema es que el reinado duró casi cuarenta años y en su etapa crepuscular el Monarca emborronó su figura. Para conocer al ser humano no hay como leer la Biblia, donde dos son las pasiones que hacen descarrilar una y otra vez a sus protagonistas: la concupiscencia y el culto al becerro de oro.

Lo ocurrido es sencillo y forma parte de la falible condición humana: se dejó llevar por el hedonismo y cayó en dos tentaciones tan viejas como el hombre, la atracción por una mujer complicada y más joven -26 años- y el gusto por el dinero. Don Juan Carlos se equivocó. Confundió el paraguas de la inviolabilidad constitucional con una licencia para situarse por encima del bien y el mal, y empañó el prestigio de la Corona con un comportamiento privado muy poco ejemplar. Siendo quien es, su ligereza en sus actividades particulares comprometía a la institución y facilitaba los intentos de chantaje.

Felipe VI, que es de temple frío y contundente cuando toca, lo ha atajado todo con un comunicado rotundo y súbito en plena noche del domingo. Es un texto desapegado, escrito con esa frialdad quirúrgica propia de los buenos juristas, que al que más le debió costar firmar es al propio Rey, pues siempre ha querido mucho a su padre.

Don Juan Carlos siempre será el héroe que trajo nuestra democracia, pero pasará sus últimos días como un rey Lear a la latina, que ha conocido el desdén en su ocaso. En su peripecia vital ha pasado por dos pruebas de enorme dureza. Primero hubo de pelear por la Corona con su padre. Ahora ve cómo su hijo lo aleja para preservarla.

Luis Ventoso ( ABC )