OFENSAS

Si hay un partido político con tradición golpista en la España actual es el PSOE. Se trata de un dato histórico incontrovertible. El PSOE se levantó en armas en octubre de 1934 contra el Gobierno legítimo de la II República, con la intención de derrocar el régimen y llevar a cabo la revolución socialista. Ningún otro partido actualmente existente ha llegado a tales extremos en la historia española.

Falange Española, que era un grupúsculo fascista sin representación parlamentaria en 1936, se sumó a un golpe de Estado organizado por otros, militares y carlistas (fuerza política esta última cuya presencia en la España actual es imperceptible). El PSOE ha organizado golpes de Estado o los ha provocado, y la conjunción no es totalmente disyuntiva. Organizó un golpe de Estado en 1934 y provocó otro en 1936. Ambos contra una República de trabajadores, según su Constitución proclamaba, a la que la mayoría socialista se empeñó en considerar una república burguesa.

Desde 1933 el PSOE dejó de ser un partido constitucionalista. La Constitución republicana de 1931, obra de la mayoría republicano-socialista, dejó de convenirle e interesarle cuando comprobó que, gracias al sufragio femenino recién conquistado, aquella Constitución «de izquierda» permitía la llegada al Gobierno de una coalición conservadora (a la que los socialistas acusaron de fascista, contra toda evidencia y con la única finalidad de abolirla por las armas).

Es cierto que el PSOE de la Transición se propuso no repetir las sangrientas chapuzas del PSOE de la II República y funcionar como un irreprochable partido constitucionalista y democrático. En mi opinión, no es que tal proyecto resultara imposible, pero se reveló de muy difícil ejecución y mantenimiento, porque a los socialistas les gusta más el golpismo que al proverbial tonto la proverbial tiza: el golpismo de izquierdas por motivos obvios; el de derechas, porque les depara la ocasión de embarcarse en golpismos de izquierdas.

¿Es el PSOE de 2018 el mismo que el de 1934? Supongo que no, pero los socialistas, en su inmensa mayoría, piensan que, en el fondo, lo es. Por eso no han condenado jamás el golpe de Estado del PSOE de 1934 contra la II República, pero se han despepitado exigiendo al PP la condena explícita del golpe de Estado franquista en la que no consta que el PP participara.

Todo esto es una milonga viejísima que aburre a las moscas. Yo no habría llamado a Sánchez golpista (aunque sólo fuera por no incurrir en pleonasmos), pero no veo qué tiene de censurable mencionar de vez en cuando la propensión histórica del PSOE al golpe de Estado, cuando la experiencia cotidiana de una época, la nuestra, refrenda la exactitud de tal observación. No lo habría hecho en tiempos de la presidencia de Felipe González, aunque en opinión de la mayoría de los socialistas de entonces el PSOE de 1982 a 1995 fuera el mismo que el partido (golpista) de 1934.

Media España no se habla ya con la otra media (antes de junio eso sólo pasaba en Cataluña), y ello es responsabilidad de Pedro Sánchez. En la presente situación, llamarle golpista, con todo lo injurioso que pueda resultar, no deja de parecerme «diente de leche por ojo», como reza el verso de Ramón Irigoyen.

Jon Juriasti ( ABC )