¡ OH, LA REVOLUCIÓN !

Desconozco si el Gobierno ha elaborado un 155 nuclear, disuasorio, destinado a no utilizarse nunca. El mediodía del sábado, cuando lo anunció, el presidente Rajoy estuvo firme, convincente, pedagógico y fiable y sería una lástima que semejante exhibición de virtudes escondiera un corazón de hojalata. Y que más que una descripción de lo que va a pasar en Cataluña fuera la descripción de lo que pudiera pasar, si Puigdemont no encuentra un camino para convocar elecciones sin hacer nuevo uso de la independencia retráctil, este ingenio con que la política catalana ha vuelto a asombrar al mundo.

Yo confío en que no haya doblez o al menos que no pueda haberla. Mi deseo de un 155 full equip no se basa tan solo en la necesidad de que vuelva a Cataluña el Estado de Derecho, erosionado desde hace mucho tiempo y finalmente destruido en este último año. Esa es la razón oh là là, pero no la única. Viendo el sudor frío que recorre desde el sábado el establishment nacionalista y sus aledaños aparentemente respetables se comprende bien lo que habría detrás de una intervención rigurosa de la autonomía.

El gobierno de Cataluña es una presunta organización criminal dedicada desde hace tiempo a la materialización de un proyecto de sedición. Como cualquier organización de sus características (por ejemplo la de la familia Pujol Ferrusola, según la caracterizó provisionalmente el instructor De la Mata) el gobierno catalán y sus terminales paragubernamentales han actuado con un pie a cada lado de la calle. Ha tenido una actividad legal y visible y otra ilegal y clandestina, de la que incluso han dado señales algunos de sus portavoces más soeces. Es inevitable que la posible entrada en vigor del 155 se asocie a la entrada de la ley y el orden en un inmenso garito clandestino.

Y que, en el ámbito estrictamente político, la convulsión y la exhibición de materiales vergonzosos pueda superar la que sucede después de un cambio radical de gobierno. El 155 supone la interrupción del autogobierno. Pero bien llevado puede suponer también la interrupción (siempre pasajera, nadie tema: Cataluña volverá a recuperar sus preclaras instituciones) de una corrupción moral, política y económica cuyas raíces tienen una profundidad de décadas. La presión casi histérica de algunos sostenidos y acomodados beneficiarios del régimen (periodísticos, entre ellos) para que Puigdemont afloje y convoque lo que pueda es perfectamente explicable. Ahora sí se ven venir la revolución. Y no la trae un pijoparia de la Cup, sino la guardia civil. En caja baja.

Arcadi Espada ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor