Tu casa contiene los años que has vivido en ella y la expectativa de los que piensas seguir viviendo. Ha adoptado, a poco cuidadoso que seas, la forma de tu alma. En algún volumen de aquella estantería duermen los diálogos entre Naphta y Settembrini que a los diecinueve cambiaron tu intelecto para siempre y para bien.

El hecho de que La montaña mágica esté ahí, con tus anotaciones juveniles, te sosiega y te recuerda cómo has ido esculpiéndote. Tener los Zippo a mano en el primer cajón del escritorio contribuye misteriosamente al flujo mental que, cuando trabajas, redondea los arpegios de Gaspar Sanz. La guitarra desde el Marshall blanco con botones dorados. Hay una aproximación a la felicidad que atañe a la butaca de lectura y al globo terráqueo en la mesilla.

Cierto es que un hombre debe estar preparado para seguir siendo él aunque todo salte por los aires. Aunque quedara tan ligero de equipaje como Machado, o como mi padre con doce años cruzando a pie los Pirineos. Un hombre siempre puede decidir, aunque la decisión consista en qué actitud adopta ante la muerte.

Lo dejó formulado Victor Frankl. Pero he aquí que ese desmoronamiento de tu mundo que consiste en quedarte sin casa ha adoptado modalidades ajenas a la miseria, a la guerra, al exilio y a la persecución. Resulta que una mafia puede cobrarle a cualquiera por el «derecho» a ocupar la extensión de tu espíritu donde pasas las noches, los domingos, las cenas.

El que te arrebata todo eso te está violando mientras esgrime títulos de aberrante mezcla: el pago al mafioso y el Derecho. El Derecho, sí. El hacedor de civilización, prosperidad, seguridad y justicia. Porque en los herederos, como nosotros, del Código Napoleónico, Derecho y Ley están tan entrelazados que apenas se les diferencia.

La forma en que nuestras leyes protegen al violador (ocupar tu casa es una forma crudelísima de violarte); la forma en que nuestras leyes te desprotegen a ti, ciudadano cumplidor de las normas, contribuyente a quien no perdonan un impuesto, es como el gato de Matrix, cuando el protagonista descubre que habita una realidad defectuosa, un programa ajeno. Que no es libre.

Alcaldes con afanes revolucionarios y jueces que desconocen la Justicia promueven la causa de los violadores que llamamos okupas. Los revisten de algún mérito ignoto, impulsando la justicia material sobre la justicia formal. A pesar de que, a día de hoy, la última coincida con la negación de dos pilares de la civilización: la libertad y la propiedad privada.

La barbarie sigue inserta y salvaguardada en nuestra ley cuando deja en la intemperie al propietario y se vuelca en mimar al allanador.

La barbarie que se agita, consentida y jaleada, en nuestro Derecho acabará pudriendo lo que este tiene de pacificador cuando una masa crítica de violados decida que solo tiene a su disposición la justicia material, y que si no coincide con la formal, peor para ella.

Juan Carlos Girauta ( ABC )