OLA DE CALOR

Leo el día que escribo, es decir, el sábado 4 de agosto. «La ola de calor permanecerá hasta el próximo martes, 7 de agosto». La cursilería semántica ha invadido también los ámbitos de la meteorología. Ni ola de calor, ni vainas. Estamos en pleno verano. Es como la «ciclogénesis explosiva», que en mi infancia, juventud y primer tramo de la madurez se conocía como «mal tiempo». Muchos veranos y veraneos llevo en mis espaldas, y en todos ellos, a pesar de haberlos disfrutado en el norte de España, he pasado calor.

No olas de calor, sino calor a secas. Verano y veraneo son voces contradictorias, antónimos severos. Veranear no es pasar el verano, sino huir del verano. De ahí la querencia hacia el norte desde la agonía del siglo XIX, cuando al fin la Corte decide que pasar calor en Madrid es tortura a esquivar y que los Reales Sitios serranos –La Granja de San Ildefonso y Riofrío–, son más aburridos que bailar con tu madre durante toda la boda. Y la Corte se instala en San Sebastián «donde el veraneo nace», y posteriormente en Santander, donde Alfonso XII, residente en la casona comillana de Ocejo, experimentó los «Baños de Ola» del Sardinero, y quedó tan entusiasmado, que mandó llevar en barriletes de diez litros agua del Cantábrico santanderino hasta Riofrío, y allí se duchaba, entre las miradas inquietas de los gamos que jamás habían visto al Rey con un «maillot» rayado en verde y rojo horizontalmente y a un amable mayordomo duchándolo con un barril sobre su cabeza, sin excesivo escorzo esforzado por cuanto Alfonso XII, de estatura era un tapón.

La Reina Cristina se construye su Miramar donostiarra, con nostalgias austríacas, y se alza en la península de La Magdalena el Palacio Real, «mi Casuca», como le decía la Reina Victoria Eugenia. San Sebastián guardaba el estricto protocolo oficial y La Magdalena era la libertad. La nobleza se divide entre San Sebastián –con amplia mayoría–, y Santander.

También por Gijón, Ribadesella, Guecho , Comillas y determinados puntos de Galicia. El norte. Tiempos de las pérgolas y el tenis, la Guerra Civil, y con el franquismo el gran estallido veraniego de la clase media y la llamada del Mediterráneo. Y los españoles, gracias a la buena economía y el bienestar de la hoy destrozada clase media, se divide entre los que veranean y los que pasan el verano en las costas cálidas, con más calor unos que otros, pero sin recurrir a cursilerías meteorológicas. Pocos años antes, una escandalizada Reina María Cristina, en los primeros días de septiembre, observa desde el jardín de Miramar, sobre el Pico del Loro, a un grupo de personas que bailan en la mínima playita de la isla de Santa Clara.

Reclama un catalejo y con gran disgusto advierte que tres hombres y tres mujeres, a la costumbre francesa, bailan desnudos. Poco tarda la lancha de la Comandancia de Marina en llevarlos al Muelle de Pescadores, y de allí a comisaría. Ellas eran francesas y pagaron una somera multa al convencer al juez que en su país bailar desnudas en lugares recoletos estaba autorizado. Ellos tuvieron más problemas, más por sus nombres y apellidos que por sus pasodobles en porretas. Uno de ellos, primo del Rey, se llamaba Alfonso de Borbón

. El segundo que también fue zarandeado en Comisaría, se llamaba Antonio Maura, y era lejanísimo su parentesco con don Antonio. Y el tercero, antes de ser chorreado por el comisario, advirtió previamente.- Si le digo mi nombre, me va a soltar una bofetada-. Pero tuvo que decirlo. Era Cristóbal Colón, el duque de Veragua. Cosas del buen tiempo, no de las «olas de calor», que parece extraído de una letrilla cantada por Karina.

Ni ola de calor, ni ciclogénesis. En el norte, somos muy impacientes. Cuatro días de lluvia, y las caras largas. Cuatro días de sol, y qué desastre, los prados secos, el cambio climático, el agujero de la capa de ozono y todas esas bobadas. Estamos en agosto y hace calor. Y en diciembre, con toda seguridad, hará frío y nevará en las montañas de España. Si aún queda España y no la han repartido en trozos estos desalmados que nos gobiernan, y que no representan al mal tiempo de toda la vida sino a la ciclogénesis explosiva de la meteorología hortera y devastadora.

Alfonso Ussía ( La Razón )