ORGULLO Y DIGNIDAD

Más vergonzosa aún que aquella declaración de independencia que sabían que no estaba preparada y que suponía una estafa cruelísima a dos millones de catalanes, resulta la arrogancia aldeana con que sus autores tratan de justificarse en el primer aniversario de su más humillante derrota. Sólo por ello, merecen cualquier castigo que el Supremo les imponga.

Que los líderes independentistas hayan tardado seis años en darse cuenta de que los Estados se defienden y se ayudan entre ellos, que se hagan los escandalizados por el miedo a una posible «represión violenta de España» y a que «hubiera muertos en la calle»; y que ésta sea su excusa por no haber aplicado la independencia que declararon, demuestra que su único ámbito mental es la provincia: al fin y al cabo, se les da muy bien el negocio de exprimirla, y sus votantes tienen tanto orgullo y tan poca dignidad que es demasiado fácil engañarles.

La fuerza -que no violencia- que aplicó el Estado el año pasado, en forma de porra, de querella o de artículo 155 es el único lenguaje que han demostrado entender los independentistas, incapaces de cualquier articulación política que les permita superar su soberbia tribal. El independentismo sólo es valiente en el exhibicionismo o para devorar a sus hijos.

Por lo demás, a España le ha bastado el mínimo esfuerzo para que media Esquerra se entregara a la Justicia y la otra media esté ya trabajando en la continuidad autonomista; para que Quim Torra sea el carcelero de aquellos a los que llama presos políticos; para que Puigdemont no se haya atrevido a volver a España y para que hasta la CUP acate la Ley, como esa tontorrona alcaldesa de Berga que tras tanto alarde de desobediencia aceptó dócilmente su inhabilitación. Tanto presumir de superioridad moral, e intelectual, y acabar necesitando el capón de la maestra para estar por lo que hay que estar.

Salvador Sostres ( ABC )