ORGULLO Y PREJUICIO

Pocos espectáculos vitales tan edificantes como asistir a la caída de un prejuicio, de ahí su explotación en novelas o películas, como Campeones. En política, no tanto, porque vive de exacerbar etiquetas, sobre todo la de fascista. Por eso han tenido relevancia las palabras del diputado rasta (no es una etiqueta, es un hecho) de Podemos, Alberto Rodríguez, al popular Alfonso Candón por su despedida del Congreso. «Bonito gesto», titularon medios virales.

Una lectura pausada causa cierto desasosiego al constatar la facilidad con la que la izquierda reparte carnés de bondad. ¿Qué será lo siguiente? ¿Admitir que Casado tiene corazón? «Nunca pensé que fuera a decirle algo así a alguien y menos a un diputado del PP, pero creo que lo vamos a echar de menos», dijo Rodríguez en la tribuna. Sí, fue bonito. Adivina quién viene esta noche se podría titular una peli con una cena entre una familia de Podemos y un diputado popular.

Días antes, un responsable de Adelante Andalucía habló de PP, Ciudadanos y Vox como «los pijos de siempre, los pijos fantasmas y los pijos cobardes», mostrando que lo de Alberto Rodríguez es excepcional. Así dan ellos la bienvenida a Candón en el Parlamento andaluz.

Nuestra mente simplifica para movernos en la complejidad con estereotipos. Pero sabemos que toda generalización es burda y, por eso, desmontar prejuicios otorga caché moral. Hay intentos falsos y repulsivos, como cuando ayer Zapatero explicó que los hambrientos venezolanos eran fruto de los prejuicios. Hombre, si eso no lo mantiene ya ni Pablo Iglesias.

No sé si esa rectificación convierte al líder de Podemos en mejor persona. Hace meses, escribió una carta con Irene Montero: «Enseñaremos a nuestros hijos que sean siempre respetuosos con el que piensa distinto porque la humanidad, la decencia y la amistad no son el patrimonio exclusivo de ninguna causa». Después, lanzó a miles a las calles andaluzas para protestar por el resultado electoral.

Alberto Rodríguez no ha escrito nada parecido. Ha actuado y le honra. También señaló el peor mal de la izquierda: la superioridad moral, la que admite que hasta un diputado del PP puede ser buena persona.

Berta González de Vega ( El Mundo )