ORGULLOSA DE LA SANIDAD ESPAÑOLA

Existen múltiples motivos para estar orgullosa de España, entre los cuales no destaca, desde luego, el nivel de nuestros gobernantes, especialmente en la actualidad. Pese a ellos y a su empeño por destruir lo que funciona, no obstante, el nuestro sigue siendo uno de los mejores países para vivir y prosperar.

En España las calles son seguras en cualquier ciudad. Los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, absolutamente fiables. El clima, inmejorable. La gastronomía, tan rica y variada como saludable. El patrimonio artístico, gigantesco. La cultura, inabarcable en el espacio de varias vidas y al alcance de cualquiera que tenga curiosidad por descubrirla. La historia, digna de ser contada y conocida al detalle, por cuanto en nuestra piel de toro asomada

al «finis terrae» atlántico han convergido gentes procedentes de todas partes y nuestro ha sido el mérito de duplicar el tamaño del mundo, ponerle nombre y trazar sus mapas, después de circunnavegarlo.

España es una gran Nación. Una de las pocas que han contribuido decisivamente a configurar el Occidente tal como lo conocemos: un espacio de libertad y pluralismo donde los derechos de las personas prevalecen sobre cualesquiera otros, por mucho que empujen en dirección contraria quienes consideran que la tribu, la clase o el sexo (mal llamado género) han de primar sobre el individuo.

Y además de todo eso España es, en buena medida, la patria del bienestar. Lo demuestra nuestra esperanza de vida, 83,3 años, únicamente superada por Suiza y Japón. Sin duda parte de esa longevidad se debe a cuanto antecede, pero la razón principal por la cual aquí vivimos más tiempo que cualquiera de nuestros vecinos europeos obedece a la calidad extraordinaria de nuestros sanitarios y nuestro sistema nacional de salud.

Un sistema que no inventó el Partido Socialista, por más empeño que ponga en divulgar esa mentira con el afán de atribuirse el mérito, sino que viene de muy atrás, ha sobrevivido a cambios de régimen y de gobiernos sin dejar de mejorar y se basa en dos premisas esenciales: la vocación de los profesionales que lo integran, unida a su inmejorable formación, y la convicción generalizada de que la salud es un derecho fundamental que asiste a todos los ciudadanos por igual.

En España la sanidad pública ha conservado su carácter ejemplar hasta en lo peor de las sucesivas crisis económicas o sanitarias, incluida esta última del coronavirus, como habrá podido comprobar cualquiera que haya tenido ocasión de compararla con otras.

Y lo ha hecho fundamentalmente gracias al esfuerzo ímprobo de médicos, enfermeros, auxiliares, celadores y demás personal implicado en esa cadena invisible que vela por nuestra salud. En realidad, debería emplear el femenino, porque la mayoría de ese personal está constituido a día de hoy por mujeres, pero valga el genérico para englobar en este reconocimiento a cuantos cuidan de nosotros con encomiable dedicación.

No cobran ni mucho menos lo que merecería su larguísimo período de aprendizaje y su nivel de responsabilidad. Asumen altos riesgos y enormes incomodidades horarias. Creen en lo que hacen y lo hacen casi siempre con cariño, por vocación de servicio, en condiciones de masificación difícilmente compatibles con lo que se les exige.

Pues bien, ahora que tanto se habla de ese bicho venido de China, yo aprovecho para agradecer de corazón la labor de esos héroes y heroínas que nos tratan a diario en centros de salud y hospitales. Son un motivo de orgullo para España y un privilegio del que disfrutamos el conjunto de los españoles.

Isabel San Sebastián ( ABC )