Al mediodía me crucé con el portero de casa. Hablamos un minuto del gran carajal. Con una sonrisa, entre satisfecha, pilla y libertaria, me comentó: «La mayoría de los vecinos se han marchado de puente, porque en cuanto Sánchez amenazó el jueves con el estado de alarma dijeron: “Uy, hay que escapar ya”». Por la tarde bajé a hacer la compra.

En efecto, en el hipermercado había muchos menos clientes. Si el objetivo del estado de alarma exprés era evitar que los madrileños saliesen de puente probablemente no ha funcionado (aunque habrá que ver los datos).

Pero da igual, porque aunque la epidemia es grave y hay que tomársela muy en serio, la prioridad del Gobierno en su refriega con Madrid nunca ha sido la sanidad, sino convertir a la Comunidad en una cortina de humo que tape miserias del sanchismo: el ninguneo al Rey, que ha salido mal y ha molestado hasta a los votantes socialistas; el vicepresidente Iglesias a las puertas del Supremo por manejos cutres; el pinchazo económico; y, sobre todo, la gestión de la epidemia de Sánchez, pésima, pues no vio venir la primera ola y no ha querido enterarse de la segunda.

Aparcó el Covid el 4 de julio, cuando dio por derrotado al virus e invitó a «disfrutar de la nueva normalidad», y no volvimos a saber nada de él hasta hace quince días, cuando inició su guerra doctrinaria contra Madrid.

El jueves, el Tribunal Superior de Madrid falló lo obvio: no se puede imponer un estado de alarma, que limita derechos fundamentales, con una mera orden administrativa, como habían hecho Illa y Simón, los Pepe Gotera y Otilio de esta crisis.

Ese revés judicial, que llegó justo después de que otro juez hubiese empañado la «performance» monclovita de Sánchez empapelando a Iglesias, fue demasiado para el ego de Mi Persona (que ya anda embarcado en un proyecto legislativo a lo Viktor Orban para cortarle las alas a la justicia independiente). «Os vais a enterar. Pa chulo yo». Estado de alarma al canto.

Con la marrullería habitual, en la noche del jueves todavía ofreció a Ayuso como una de tres alternativas que tomase nuevas medidas restrictivas, cuando en realidad ya tenía preparado el consejo de ministros extraordinario para la alarma.

El Ejecutivo madrileño puede haber cometido errores. Pero nunca ha existido un afán constructivo del Gobierno para ayudar a corregirlos. Además, desde que llegó el virus ha faltado lo elemental: un equipo de especialistas de máximo nivel que recomiende con criterios técnicos qué decisiones se deben tomar (el cacareado «comité de expertos» de Illa y Simón era una mentira).

Los ratios de Madrid estaban mejorando, con descenso en infectados, hospitalizaciones y ocupación UCI. La tasa de contagios por cien mil habitantes era de 563,8, frente a 655,9 en Navarra, donde por supuesto no habrá alarma, pues gobierna el PSOE. Existían alternativas más operativas y menos dañinas para la economía que castigar a los madrileños con un encierro de quince días; como las restricciones selectivas.

¿Ordenaría Sánchez el estado de alarma en Cataluña o el País Vasco con los datos de Madrid? Jamás. Todo es juego subterráneo, con los ojos en los sondeos, más que en las necesidades de las personas.

Lastimoso.

Luis Ventoso ( ABC )