El presidente del Gobierno hizo este lunes dos nuevos anuncios vinculados a la gestión de la pandemia. Por un lado, avanzó que tomará «alguna medida» para intervenir y controlar el precio de los test de antígenos, dado que durante esta Navidad los usuarios han llegado a pagar hasta cuatro veces más que en muchos otros países de Europa. Por otra parte, anunció la adquisición de 344.000 dosis de un antiviral de Pfizer.

Se trata de dos buenas noticias en la medida en que el negocio de los antígenos ha provocado abusos indebidos y oportunistas pese a ser indispensables para el autodiagnóstico cuando la sexta ola superaba la operatividad de muchos centros de salud de atención primaria.

Y también porque ese medicamento, que ya se utiliza en Estados Unidos, Francia, Italia, Reino Unido o Bélgica, está resultando ser eficaz en casos de pacientes hospitalizados que pese a las vacunas ven agravada su situación.

Sin embargo, nada aclaró Pedro Sánchez del cómo, el cuándo o con qué coste. Y ese cúmulo de inconcreciones solo es demostrativo de que una vez más el Gobierno llega tarde y sigue eludiendo anteponerse a las crisis generadas por el Covid.

Vuelve a ser el anuncio de un anuncio, el mismo día además en el que Sánchez dejó entrever un inminente cambio de estrategia en la lucha contra el virus para iniciar un proceso de lo que denominó «gripalización» de la pandemia.

Tampoco explicó nada sobre esto, como tampoco lo ha hecho sobre las informaciones que apuntan a una modificación inminente del sistema estadístico de vigilancia del virus para dejar de notificar oficialmente todos los casos que se producen.

Y esta cuestión no es baladí, ya que hay expertos que calculan la cifra real de contagiados en el triple de lo que objetivamente se notifica.

Este Gobierno es alérgico a la transparencia. Eso lo ha demostrado en muchas ocasiones. Ocurre que ni siquiera cuando ya sabemos que la letalidad de esta ola es más limitada que la de las anteriores, o cuando aumenta el número de expertos que recomiendan empezar a tratar la pandemia como un virus endémico, es decir, como una gripe más, Sánchez ejerce el liderazgo que se le presupone a un jefe del Ejecutivo.

Vuelve a convertir la cogobernanza en una desgobernanza propagandística mientras él se erige exclusivamente en un portador de buenas noticias.

Sánchez se propone ahora alterar el sistema estadístico de recuento de contagios pero no dice con qué criterios. Adquirirá un antiviral pero no explica a quién podrá beneficiar, y además Sanidad anunció que se diseñaría una compra ‘centralizada’ junto a las autonomías, que ahora ya no será tal.

Sigue sin haber una legislación específica contra pandemias, y las últimas medidas adoptadas por el Gobierno, el aval al pasaporte Covid en las autonomías que lo han querido imponer y la obligatoriedad de la mascarilla en exteriores, se han demostrado irrelevantes. De hecho, España es el país europeo con más tasa de contagio.

Todo se deja una vez más al albur de la improvisación y al mero seguimiento de la evolución biológica del virus. Pero sobre todo, a la espera de una progresiva inmunización global a base de contagios masivos, lo cual no debe ser en sí mismo un problema cuando los casos detectados son en su inmensa mayoría mucho más leves, pero que debe ser explicado con total transparencia.

Con pseudobondades genéricas e indeterminadas, cuando no directamente opacas, Sánchez sigue empecinado en convertir la pandemia en una nimiedad a la espera de que pase el tiempo y consiga darla por concluida.

Por enésima vez, por cierto.

ABC