Tras el fallido intento de desalojar al PP del Gobierno de Murcia la semana pasada, la moción de censura planteada por el PSOE en Castilla y León, con la idea de que Ciudadanos se sumase a la estrategia de Pedro Sánchez, también quedó este lunes abocada al fracaso.

El socialista Luis Tudanca no pudo contar con los escaños necesarios para que la moción contra Alfonso Fernández Mañueco prosperase, y tras un intento para someter a las Cortes castellano-leonesas a un ejercicio innoble de transfuguismo, solo aglutinó a una minoría insuficiente.

El grotesco final a este periodo de inestabilidad institucional impulsado por el PSOE desde La Moncloa se salda así con una derrota sin paliativos de Pedro Sánchez, y con la apertura de tres debates simultáneos que le dejan en pésimo lugar.

Primero, un debate sobre el criterio de oportunismo político con el que se maneja el presidente del Gobierno. Segundo, otro sobre la responsabilidad ética de nuestros servidores públicos y su creciente incapacidad para demostrar ejemplaridad. Y tercero, la detección de una desafección social creciente hacia operaciones de poder carentes de escrúpulos, y muy destructivas, en plena fase de pandemia y de recesión económica.

Discutir a estas alturas si Murcia y Castilla y León responden a procesos diferentes de censura promovidos sin coordinación entre Sánchez e Inés Arrimadas carece de sentido. Hubo una estrategia unitaria, una voluntad común de eliminar de un solo golpe táctico al PP del mayor número posible de presidencias autonómicas, y un intento de romper el centro-derecha tal y como se ha conocido en los últimos años.

Y más allá de la errónea pretensión de Sánchez de apartarse poco a poco de Podemos y de sus socios separatistas para iniciar un giro ideológico hacia Ciudadanos, estos episodios han puesto de manifiesto que el liderazgo de Arrimadas carece de la fuerza necesaria para imponer el criterio de la dirección nacional en los distintos territorios.

En menos palabras, no controla en absoluto el partido que dirige. Desde esta perspectiva, esta ofensiva desestabilizadora de Sánchez solo le ha servido para ver convocadas elecciones justo en el lugar en el que el PSOE estaba menos preparado y menos deseaba, en Madrid.

La responsabilidad ética en el ejercicio del poder también se ha resentido notablemente. Si la prioridad de los partidos es la obtención de cuotas de poder al precio que sea y en el momento que sea, es que no entienden absolutamente nada de lo que está ocurriendo en España.

La pandemia continúa. Diversos países de Europa se asoman a una cuarta ola de contagios y nuestra estrategia nacional de vacunación es manifiestamente mejorable. Apenas nueve de cada cien españoles están vacunados, y nada responde a los cálculos y promesas que de modo eufórico, e irresponsable, anunció Sánchez.

Someter a gobiernos autonómicos a un test de estrés utilizando si es preciso para ello la compraventa de votos como método para acceder al poder sin pasar por las urnas puede ser la especialidad de Sánchez, pero no deja de ser temerario en estos momentos porque lo crucial es la lucha contra el virus, y no el desmontaje de gobiernos regionales a la medida y capricho del PSOE, Podemos y Ciudadanos.

Por eso es lógico que la desafección ciudadana crezca. La política parece seguir inmersa en una burbuja de la que se niega a salir, y cuanto más se blinde dentro de ella, peor para sus intereses.

El mensaje que está recibiendo Sánchez en este sentido es taxativo: ‘no es no’ a su manera de entender el poder.

ABC