No es casual que Pedro Sánchez se ausentase ayer del cónclave que antiguos dirigentes del PSOE prepararon para homenajear al fallecido Alfredo Pérez Rubalcaba con motivo de la publicación de un libro sobre su trayectoria política.

Sin embargo, y aunque fuera solo en calidad de secretario general del PSOE, Sánchez debió acudir, sobre todo después de que se apropiara de la figura de Rubalcaba haciendo ostentación sobreactuada de su cariño por él cuando murió, y organizándole un homenaje de Estado más propio de un presidente que de alguien que nunca lo fue. El gesto de desdén de Sánchez fue de pésimo gusto y transmite a la militancia socialista un mensaje muy nítido de fractura interna en el partido.

Tampoco acudió Rodríguez Zapatero, es de suponer que por las socorridas cuestiones de agenda, y en representación de la actual dirección del PSOE Sánchez envió a José Luis Ábalos, número tres del partido. De este modo, Sánchez y Zapatero se ahorraron la incomodidad de fotografiarse junto a Felipe González y a exponentes socialistas como Elena Valenciano o Eduardo Madina, a quienes el sanchismo despreció, y que no ahorran críticas públicas a la gestión del presidente del Gobierno.

El malestar de la vieja guardia socialista con Sánchez, y de otra guardia no tan vieja -muchos de ellos zapateristas de pro- es elocuente. Apenas se reconocen en las siglas, discrepan del erial de ideas en que Sánchez ha convertido a un partido siempre envuelto en densos debates internos, y no entienden que su secretario general reniegue de la historia reciente, sacrificada ya en virtud de criterios de oportunismo, de radicalización ideológica y de sometimiento a Podemos, al independentismo, y ahora también a Bildu. Sánchez no tiene más proyecto para España que la demolición del andamiaje constitucional que el PSOE ayudó a levantar, y eso se visualizó ayer en el homenaje póstumo a Rubalcaba.

Si días atrás Adriana Lastra se mofó de la irrelevancia de las viejas glorias del partido, negándoles su derecho a corregir esta deriva del PSOE, ayer Felipe González le replicó con contundencia asegurando que «no voy a consentir que nadie me mande callar». En el fondo, no es ningún debate generacional. Ni siquiera de egos o de exhibición de autoridad

Es una disputa ideológica con criterios radicalmente opuestos. González, y con él muchos socialistas que aún guardan un silencio vergonzante, nunca habría pactado con Podemos el desguace institucional de España, ni habría puesto en venta el modelo de Estado para satisfacer a ERC, y mucho menos habría cubierto la sangre de sus militantes asesinados abrazándose a Bildu.

Por el momento, ese «otro PSOE» indignado con Sánchez no ha forjado una alternativa que pueda hacerle sombra, y eso será un baldón para el socialismo durante años. Algunos dirigentes regionales solo amagan y después se repliegan cínicamente.

Otros, reaparecen en entrevistas aisladas y luego se ocultan. No aúnan criterios, no se organizan y Sánchez maneja el partido a la búlgara. Pero el homenaje de ayer a Rubalcaba fue el síntoma de un hartazgo creciente por el miedo a que el PSOE se desnaturalice entre extremistas de izquierda, independentistas y herederos del terrorismo etarra.

Empieza a ser imprescindible que el PSOE se rescate a sí mismo de Sánchez.

ABC