En apenas cuarenta y ocho horas, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha dado un giro radical a la política de apoyo de España a Ucrania, al anunciar ayer en el Congreso la autorización del envío de armas al ejército ucraniano.

En la entrevista que concedió a TVE el pasado lunes afirmó lo contrario, que España no enviaría directamente armamento al gobierno de Kiev y que sus aportaciones se realizarían a través de los fondos de la Unión Europea.

Esta rectificación, que es bienvenida y rehabilita la posición española, demuestra la dificultad permanente del gobierno de Pedro Sánchez para fijar una posición coherente, estable y definida en los grandes asuntos de la política española, sea interior o exterior.

Cuando el mundo libre, especialmente el europeo, se encuentra frente al mayor desafío desde 1945, el gobierno español improvisa y genera la suficiente incertidumbre entre sus socios como para no incorporarlo a los foros de decisiones esenciales.

Es evidente que Sánchez ha acertado al rectificar, pero también lo es que en su decisión hay más necesidad que virtud, porque España quedó señalada como socio de segunda fila tras la primera negativa del presidente del Gobierno a mandar armamento para que los ucranianos refuercen su defensa frente al invasor ruso.

Con esta rectificación, España se suma al conjunto de democracias que han sido conscientes desde el primer momento de lo que está en juego en los asedios a Kiev, Járkov, Jersón y demás ciudades heroicas de Ucrania. Sánchez también acertó ayer al proponer a la OCDE y a la Unión Europea que Rusia sea declarada “paraíso fiscal”, aunque la normativa española le permite anticipar los efectos de esa declaración en el ámbito de nuestro país.

Aun así, Sánchez sigue teniendo un grave problema de gestión política de la crisis de Ucrania porque su gobierno tiene ministros que apenas pueden contener su alineación con Vladimir Putin y el régimen imperialista ruso, como una versión renovada del antiamericanismo del que siempre está pendiente la izquierda española.

Ayer mismo, las ministras Montero y Belarra, de Podemos, no aplaudieron a su presidente cuando anunció el envío de armas a Ucrania. El mensaje de los podemitas de que reforzar militarmente al gobierno de Kiev no contribuye a la paz es la trampa seudo pacificista que necesita Putin para dividir a la opinión pública de las sociedades democráticas.

Una vez más, los socios de coalición elegidos por Sánchez se muestran como lo son, representantes de una ideología paria en el contexto de las democracias, unos activistas del autoritarismo hoy encarnado por Putin.

Además, en el Parlamento Europeo se retrataron los que estaban a favor y en contra de la invasión rusa, y entres estos últimos había eurodiputados de Izquierda Unida y de EH Bildu. Es difícil imagina qué más necesita Pedro Sánchez para poner fin a su alianza con estas fuerzas que han hecho exhibición de su condición antidemocrática a los ojos de toda Europa. Y son sus votos, no los del Partido Popular, los que Sánchez busaca, negocia y premia cada vez que quiere sacar adelante una iniciativa parlamentaria.

Pedro Sánchez insiste en que es el momento de la unidad política. Más bien es el momento de que él se de cuenta de quienes están a favor y de quiénes están en contra de los intereses nacionales y de los valores democráticos, para actuar en consecuencia y dejar de ser el único gobierno de la Unión Europea con ministros comunistas, que ejercen de comunistas en la hora más difícil para las democracias europeas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

ABC