PABLO HABLA Y SE ESCUCHA

Llamar a alguien arbitrista no debería entenderse como un insulto, porque arbitristas fueron clérigos, juristas, economistas, pensadores de la Escuela de Salamanca que idearon alternativas ante la crisis de la monarquía hispánica. Aportaron ideas, no siempre descabelladas, al debate público. Luego, en novelas y comedias se burlaban de los repúblicos porque degeneraron en charlatanes, enredadores, sofistas, demagogos y sonacas.

En El coloquio de los perrosCervantes retrata a arbitristas que, para eliminar la deuda real, proponen que todos los súbditos ayunen una vez al mes. Ortega se refiere a ellos como «provincianos de instrucción sórdida».

En algunas ocasión han calificado a los indignados como «populistas» o «arbitristas antisistema» basándose en ese tópico tan sobado de que las dos pandillas proponen soluciones simples a complejos problemas. Yo creo que los jóvenes airados del 15-M reciben influencias de los populistas del Cono Sur; más bien, Errejón y otros de la dirección, mientras que Pablo Iglesias es el retrato de un dirigente de las Juventudes Comunistas o un activista de Mayo del 68.

En los 10 meses que asombraron al mundo, Pablo y un pelotón de profesores lograron el prodigio de llevar diputados a la Eurocámara y consiguieron que les votaran cinco millones de ciudadanos. Podemos fue una pancarta contra la corrupción, las puertas giratorias, la casta y las cloacas.

Después, como suele ocurrir en las izquierdas, empezaron la lucha por el poder y las disidencias. Por la riña en directo de sus gallos, Podemos ha sufrido una severa derrota, perdiendo las grandes ciudades y cayendo hasta un 70% en las municipales.

Pablo, que ante la traición se comportó como una madre, dice que no se rinde y ofrece los diputados que le quedan para un Gobierno a la portuguesa, mientras otros le culpan a él de las deslealtades que ha vivido.

Juan Carlos Monedero hace justicia y dice que fueron Errejón y Carmena los que rompieron Podemos. Eso al margen de ego homérico de Pablo Iglesias, a quien le ocurre lo que le pasó a Ortega durante un discurso en el que, mientras iba pronunciando las palabras, se escuchaba a sí mismo por el altavoz y dijo: «Esto es demasiado: hablar y encima escucharse».

El odio -tan hispánico- rebrotó en las asambleas, y los sueños se transformaron en pesadillas y purgas. Se han ido los disidentes y los arribistas y ahora ha llegado la derrota. Pablo quedó mudo en el teatro Goya después de perder 860.000 votos, 68 diputados autonómicos. Seguramente le queda la tristeza de saber que le han abandonado los peregrinos que navegaron con él en el Mayflower. Eso suele acontecer a los a los que sueñan en política.

Raúl del Pozo ( El Mundo )