» PABLO NECESITA A ADA COLAU TANTO COMO LA TEME »

Será difícil hallar un precedente de crisis peor gestionada. Primero fue la defensa a ultranza del separatismo, elogios incluidos a Carles Puigdemont, y cargas contra el Estado de Derecho. Después, con vivas a «Cataluña libre y soberana» de por medio, pasaron por un intento de mediación tan fugaz como aquel montaje de una «asamblea por la fraternidad, la convivencia y las libertades» que también acabó en fracaso. El hambre de foco dejó, como salida para Cataluña, desde el consejo de «inventar nuevas legalidades» a equilibrismos varios, repartiendo culpas entre el Gobierno por su actitud «irresponsable» al aplicar el 155 y la Generalitat por promover una declaración unilateral de independencia. Y, al final, sale el político contemporizador con los golpistas –a sus ojos, «presos políticos»– al grito de «amnistía» ante los ingresos en prisión.

Todas esas posiciones (y alguna más) han sido asumidas por Iglesias. Todas ellas con un sentido estratégico mal entendido, pues no ha reportado a Podemos ningún beneficio. Al contrario, los desdibuja como marca nacional y les empuja peligrosamente al precipicio. Una cosa es ser un totum revolutum de populistas, extremistas y nacionalistas, y otra bien distinta es dar bandazos de tal manera que confunda incluso a los dirigentes. La purga de la desafecta Carolina Bescansa, fundadora de la formación y responsable de la demoscopia, ha afianzado la marcha cuesta abajo.

Podemos en las encuestas salen mal parado. Se habla de que podría perder en este momento el 30% del respaldo en toda España y menguar hasta los 3.500.000 de votantes de los 5.000.000 obtenidos en las últimas generales. Las cuentas cuadran. El alineamiento morado con el independentismo suena particularmente estridente en comunidades autónomas como Madrid, Andalucía, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Aragón, Extremadura, Canarias o Murcia.

Cualquiera hubiera reaccionado ante este dudoso recorrido. ¿Por qué Iglesias se empeña en hacer oídos sordos? Algunos lo atribuyen al éxito cosechado en las últimas elecciones en Cataluña, Galicia, Valencia o País Vasco, que lo consolidó como tercera fuerza en la suma total. Otros, a su carácter autoritario, a su soberbia intelectual y a la obcecación por poner una piedra más a su soñada hoja de ruta: echar a Rajoy, finiquitar la Constitución, abrir un periodo constituyente e incluso traer la III República a España.

Sin embargo, hay quien sobre todo le da un valor extraordinario a su subordinación a Ada Colau. «Pablo necesita a Ada tanto como la teme», se apunta. La propia alcaldesa de Barcelona se empeñó por sí misma en un equilibrio imposible entre la legalidad y la insumisión. Por eso, un día da la bienvenida a la España real que toma las calles de la Ciudad Condal, y al otro tacha de acto de venganza el auto de la juez Carmen Lamela contra Puigdemont, Oriol Junqueras y compañía.

Al indiscutible liderazgo de Colau se ha encomendado Iglesias en Cataluña. Ciertamente, necesita sumar fuerzas para existir como espacio relevante. El referente ya no es Podem, sino Catalunya en Comú, que ayer mismo decidió que su cabeza de cartel para las elecciones autonómicas sea Xavier Domènech. A tal fin, Pablo Iglesias tiene listo el cese de su barón Albano Dante Fachin, instalado en una rebelión. El Consejo Ciudadano Estatal de Podemos ya ha tomado la decisión de convocar una Asamblea Ciudadana en Cataluña, unas nuevas primarias, y dar luz verde a una gestora que la organice. En la práctica, este movimiento ha dejado a Fachin sin ninguna atribución. La dirección nacional podemita espera que dimita motu proprio, mientras cruza los dedos para embridar otras corrientes internas próximas a las tesis del insurrecto, como los Anticapitalistas o la marea gallega.

Lo tenía y lo tiene muy difícil, es verdad. Pero Iglesias está decidido a entregar a Colau los escombros de su organización. Los suyos estiman que el desgaste se frenará de golpe y, con una buena campaña, volverán los votantes perdidos. «Lo probable es que también obtengamos un mal resultado en Cataluña», alertan los más pesimistas dentro de Podemos. Esa perspectiva agravaría las luchas intestinas. Quedan menos de 7 semanas para la cita con las urnas y pueden acabar como el rosario de la aurora.

Iglesias, «trastornado por pisar moqueta», ya ha descontado lo que suceda de aquí al 21 de diciembre. Tanto es así que, según uno de sus asesores más influyentes, «piensa en el día después». El secretario general de Podemos tiende la mano a ERC y al PSC para formar un hipotético tripartito. Con Pablo Iglesias por medio todo es posible. Mientras, Íñigo Errejón se desgañita alertando de que «una fuerza progresista que no puede reivindicar la identidad nacional tiene pocas posibilidades de transformar el país». Desde Madrid las cosas se ven distintas. Claro. En realidad, es una forma inteligente de arrojar una enmienda a la totalidad a las escabrosas políticas de su líder en Cataluña.

Antonio Martíb Beaumont ( La Razón )