PABLO, EL PEDAL DE PEDRO

El pavor a los emigrantes, los recortes de la recesión, el odio a Europa, el rencor a los gobernantes, los bots rusos, el arcaísmo de la tribu y su xenofobia, la batería de tuits y predicadores, una marea ajena a los códigos democráticos y al marxismo… han atacado a los partidos y todo ello ha sido llamado populismo.

El populismo se ha apoderado de Italia, después de triunfar en Estados Unidos y hasta en Inglaterra. En Europa, la socialdemocracia y la izquierda dan síntomas de agotamiento y crece la extrema derecha. Trump, el Brexit, el nacionalismo le dicen al mundo que sólo ellos -apoyados por «la gente»- pueden salvarlo, contra la corrupta democracia representativa.

El populismo no es una vanguardia. Coriolano, la única obra de Shakespeareprohibida en las democracias, fue acusada de fascista porque ataca a la chusma inepta. Sin embargo, algunos la consideran la mejor obra del cisne de Avon. No desprestigia a la plebe romana, sino a los bufones y los líderes carismáticos que la engañan con la demagogia. Coriolano no busca el halago, ni muestra sus heridas al pueblo, habla más con los hechos que con las palabras. Los griegos y los romanos ya alertaron sobre los demagogos que derribaban los gobiernos democráticos. «Me pides -escribe Séneca– qué cosa hemos de evitar más; y te diré: la turba. El trato con la multitud es dañoso». Creían en la democracia, pero no en que la muchedumbre tuviera la razón por ser muchedumbre, pues ponerse al lado de los más es cosa fácil.

Ese populismo ha alcanzado de lleno a los partidos españoles, incluso de la derecha. Fraga tronaba en el año 1977: «Somos una fuerza populista». Los recortes, la antipolítica han descolocado a los partidos, especialmente al PSOE de Pedro Sánchez, que ha pasado de jurar que jamás pactaría con populismos a ofrecerles un acuerdo de estabilidad parlamentaria. Podemos -que en sus orígenes era populista, eurófobo, predicaba la lucha de la turba contra la élite- evolucionó hasta la izquierda clásica; hoy está más cerca de la izquierda portuguesa o griega que de los savonarolas del escrache.

Pedro Sánchez llegó al Palacio de la Moncloa apoyándose en el partido de Pablo Iglesias, que fue su domestique en el juego de pedales, sin pedir sillas en el Consejo de Ministros. Ahora, para completar la legislatura y no entregarse a los separatistas, necesita una convergencia de izquierdas si quiere evitar que lo aplasten el PP y Ciudadanos.

El nuevo PSOE tendrá que dormir con su enemigo y no seguir la táctica del viejo PSOE, que consistía en no gobernar con IU, convirtiéndola en una masía de tránsfugas.

Raúl del Pozo ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor