PACTAR QUÉ Y CON QUIÉN

Lo que Sánchez busca es que la oposición se calle. La quiere silente y mansa. Así no se verá retratado a diario por las consecuencias de su imprevisión. Ni por la opacidad de tardías y desastrosas adquisiciones públicas de material sanitario. Ni por la intolerable negativa a identificar a sus intermediarios, escamoteo que autoriza a sospechar la existencia de responsabilidades que cruzan la línea de lo culposo para entrar en lo doloso.

Batet, desde la presidencia del Congreso, ha interrumpido cuanto ha podido el funcionamiento de la Cámara, en flagrante vulneración de lo que la Constitución establece para el estado de alarma.

También para los de excepción y sitio, por cierto. Está por ver si no se han vulnerado los derechos de los diputados, y, con ellos, los del pueblo español al que representan, al impedir durante semanas el ejercicio del control al Gobierno.

Cuando el control ha asomado por fin, ni el fondo ni las formas de la portavoz del Grupo Socialista guardan la menor relación con una voluntad de pacto. Ni siquiera de tácito consenso ante una gravísima crisis.

Por el contrario, Lastra ha recrudecido los ataques a la oposición. Fiscalizar, inquirir, exigir explicaciones al Ejecutivo, tareas inherentes a cualquier oposición en democracia, se interpretan como brutal deslealtad, ahondando en una demonización del adversario sin la cual el PSOE y Podemos simplemente no respiran políticamente.

Parece broma que, en medio de arbitrariedades sin cuento, y mientras se amaña la selección de preguntas en las ruedas de prensa tras el plantón de los medios por su política de no comunicación, Sánchez se ponga la máscara del gobernante sin aristas, dispuesto a no verter crítica alguna en sus largas y vacuas comparecencias.

Yerran quienes atribuyen a sesgos ideológicos la crítica a tales escenificaciones de presidencialismo paternalista y sentimental, de inspiración castrista o chavista. Las escuetas intervenciones de Trudeau en Canadá o Johnson en el Reino Unido dicen mil veces más que una hora de narcisismo sanchista.

El único pacto que persiguen es el del silencio. Se trata de consagrar como estadista al único que, consideran, debe hablar. Así el gran negligente elude toda responsabilidad y esconde sin sonrojo el lío monumental de una centralización de decisiones que, por fortuna, no ha existido.

Sus primeras confiscaciones de material sanitario, además de colocar en el disparadero a honrados empresarios linchados por los medios, frenaron en seco las compraventas ante el temor de los proveedores a no cobrar. De no ser por la iniciativa de algunos presidentes autonómicos -con especial mención a Díaz Ayuso- el desabastecimiento sería aún mayor.

Si de verdad quisiera un pacto amplio, útil y creíble, Sánchez debería romper con sus socios de gobierno, que son un lastre en Europa, y renunciar al apoyo de los separatistas.

¿Ha dado alguna muestra de ir a hacer tal cosa?

Juan Carlos Girauta ( ABC )